Tus textos descobijados se han vuelto aún más biográficos.
Ayer escuché como una abeja trataba de salir de mi cuarto. Se estrellaba una y otra vez contra mi ventana. Su zumbido constante me distraía a ratos, una vez acostumbrado a él era su cesar el que viraba mi cabeza para encontrarla. En los silencios la abeja obrera coqueteaba con su libertad caminando torpemente por el marco de la ventana. Cuando estaba a punto de salir retomaba el vuelo para seguir dándose de topes.
Hoy subí una colina en bicicleta. Antes de lanzarme hacia la pendiente estudié que tal vez sería de unos 200 metros. Me pare sobre los pedales, bajé una de las velocidades y comencé un ritmo marcado con mis jadeos. Al llegar a los 200 metros me di cuenta que después de una parte plana la subida continuaba. Recordé entonces que el regreso sería más sencillo y seguí pedaleando.
La noche de ayer le hablé. Me dijo que las cosas serían duras para mi, por quien era. Literalmente, por llamarme como me llamaba. Por mi familia. Porque me cuesta lidiar con fracasos, que aunque no sean fracasos para los demás, dice y sé, que si las cosas no salen como yo quiero, para mi, siempre serán fracasos. Hace un par de semanas hablé con otro. Me dijo que estaba seguro que las cosas saldrían, por ser quien soy, literalmente, por llamarme como me llamaba.
Sí, sigo leyendo el libro. Sostiene mi mirada, el resto de mi cuerpo inerte, una inhalación extendida. El libro en sí es lo que predica, maximiza siempre su potencial. Es brillante y en su trama la autora exalta la brillantez. Estoy seguro que hay un mensaje entre líneas, más allá de lo brillantes de ambos sentidos, algo que tiene que ver con que el más brillante de todos, a quien siempre busca la heroína, siempre estuvo bajo sus narices. En lo más profundo, en su razón de ser.
Ayer por la tarde encontré a la abeja caminando en mi toalla. Se veía exhausta, parecía querer arroparse con los hilos cafés de mi pedazo de tela peluda. Como si tratará de encontrar un remedo de filamentos florales. Desistió en su búsqueda por la salida, si pensara, estoy seguro que en esos sus andares dejó de pensar en la libertad. Se redujo al instinto más básico de sus instintos, sobrevivir lo más que pudiera.
Cené ayer con ellos. Ella se especializa en Medio Oriente, recuerda bien la diferencia entre guerra civil y revolución. El trabaja conmigo, se fue de Gran Bretaña hace un par de años dejando una deuda sin pagar además de extender su estadía más allá de lo permitido por migración. Ella está desempleada. A él lo dejaron regresar a Gran Bretaña. Uno de los otros dos que nos acompañaban hacía eco a las exclamaciones de sorpresa por lo rígidos y exigentes de los ingleses cuando se la hicieron cansada a su regreso y cuando trató de sacar una tarjeta de crédito. El otro calló. Yo fruncí el ceño, y también callé. Ella y él se casaron. Ayer celebraron uno de sus tantos distintos aniversarios.
Hoy por la tarde me salí a dar una vuelta a la manzana, más bien un par y también me di una pausa a la orilla del canal. ¿Dónde di la vuelta equivocada? No lo sé. ¿Por qué terminé en un lugar al que creí que mis éxitos en batallas pasadas jamás me dejarían llegar? No lo sé. Siempre hay algo que aprender y siempre, irremediablemente, se puede mejorar. Estoy en crisis. Pero si estoy aquí es porque no aprendí algo en el camino. Tal vez tengo que aprender a reinventarme. Tal vez deba dejar de ser quien soy, aprender que si las cosas no salen como yo quiero que salgan no necesariamente es un fracaso y disfrutar lo que tengo. O tal vez, tenga aprender a quitarme de en medio y perseguir mi felicidad por otro lado, aunque implique, renunciar.
La bajada fue sublime. Aumentaba la velocidad agachándome pegadito al manubrio, la disminuía irguiéndome, ensanchando mis hombros y levantándome en los pedales.
Hoy por la mañana entré medio amodorrado al baño para bañarme. La abeja murió. Estaba inerte en el piso bajo mi toalla. De cansancio, supongo, así que: en paz descanse.
