Digestión

January 29, 2006

Idea bella

Filed under: Relatos/Cuentos

La idea se rompe con un ligero rose del vidrio roto que relucía en la esquina de la ventana. En un instante la realidad cayó como aguacero de plomo sobre su espalda. La mirada se enfocó y el iris hacía distinguir los colores, lentamente las formas eran rebautizadas con sus nombres originales. La vista le ganó la carrera al oído que sólo sirvió para ensordecer por los sonidos tan acostumbrados que parecían un zumbido gris y constante, penetrante, absurdo. La realidad se mezclaba con pasado y presente ahora pasado y un futuro que olía a putrefacción y prometía un cadáver. Todo resultaba tan inyectado de vacío, hueco, burbujas de aire conectadas por dejos de energía, resonantes en espacios minúsculos, permeables a cualquier cantidad de suposiciones, confusiones y aseveraciones eternamente incompletas. Estaba ahí.

Con la sola certeza de su existencia y de su futuro rígido, trató de olvidar lo que ya no era. Regresó con la memoria a un recuerdo transfigurado de su infancia, aquel eterno lugar al que acuden tantos en busca de la dicha y huyen otros tantos intentando olvidarse de demonios traumáticos de repercusiones indistinguibles en la adultez. El ir y venir de sonrisas y llantos inmersos en una inocencia fantasiosa estrujaron su corazón con caricias de falsa seguridad y apapachos desconocidos. Luego la salida del cascarón protector de los malos, la adolescencia condescendiente de la pubertad, la fatigosa carrera por encontrar un ganador entre el deber ser y el ser ya iniciada toma vuelo para dejarse caer como ave de rapiña sobre un cuerpo que apenas se reconoce. El eterno pasar de las horas, incesante, aquel mounstro inspirador y fatal que seduce a todos hasta llegar a la indiferencia de millones, la contundente resignación del pasar de los soles y las lunas nos mima en sus manos de crecimiento incontrolable.

¿Y ahora? ¿Y ahora qué? ¿Uno más? ¿Uno más para la resignación? La rebeldía ante la inmensidad es insípida, diluida en el pensamiento de muchos, la oleada que arrastra a tantos, la puta más virgen del planeta, el paraíso de sentirse diferente a los demás, único en la mar egoísta e indomable de almas despiadadas. Adiós las particularidades, hola a la suma, a la causa, la causa ganadora, la que te hará libre, que dejará que pases desapercibido por las expectativas que has cumplido, nadie esperaba menos o más, da igual siempre serán cumplidas e insatisfechas. Dentro de las limitantes de cada uno, de nuestros cuerpos, nuestro espíritu y nuestra mente, no encontramos salida para negar nuestra especie, los rasgos identificadores nos unen inevitablemente a padecer las enfermedades de los que se sumaron a la trascendencia. Somos uno dividido en miles de millones de partes para retornar siempre.

La rebeldía será juzgada por los que vendrán como estupidez, pérdida de tiempo, desaprovechamiento de un cauce que razonablemente nos conduciría al éxito tantas veces obtenido pos sus seguidores. Entonces qué: ¡La apatía! La amiga fiel de los pensadores irresueltos, los jamás publicados, los que no siguen a nadie, que jamás serán seguidos. Aquella prima hermana de la resignación exiliada de la familia de lo aceptable. Esa que nos reconforta con su cama de clavos, constantes puntas cosquilleando nuestros costados, obligándonos a recordar nuestras mínimas probabilidades de hacer el cambio, de ser el golpe preciso que derrumbará el muro, despilfarradora de deseos y aspiraciones consensuadas.

¿Qué nos arrojará más allá del ser, qué nos levantará de nuestro ente imperfecto y desdichadamente estrecho, tan estrecho que es inescapable. Tan estrecho que se expresa con palabras, con caricias que torpemente interrumpen la existencia de uno y otro con sensaciones y emociones que cesarán de sorprendernos algún día con su identidad, todas presentadas y representadas, saboreadas, lloradas, alagadas, sufridas, dolidas, enamoradas? Enamoradas.

El amor.

Su rareza, su particularidad, su importancia, su necesidad pero cruel insuficiencia, su sensación, las reacciones físicas, los latidos, los sonidos, la excitación, su irreverencia, la energía, su invitación a movernos, a rebelarnos. Los colores más opacos se vuelven brillantes, la piel se enchina y la suya también, sus ojos, su inexistencia se entreteje con las características precisas que sin duda encontrare al rato, mañana tal vez, en la alameda, en la calle al doblar la esquina, en cada una de las demás que atraviesen mi camino. Iré tras ella, saldré de mi, la encontraré, compartiremos momentos, infinitos lapsos de tiempo llenos de significado, llenaremos las burbujas vacías, daremos peso a nuestros pasos, seremos cómplices y prisioneros atemporales el uno en el otro, escalaremos muros y derrumbaremos montañas, atravesaremos los mares. Desafiaremos la certeza y retaremos el deceso con nuestras muertes chiquitas, el mundo será nuestro… Sí, qué idea tan bella.

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