Laberinto (1997)
- Una antorcha ilumina el camino con su llama, camino húmedo y oscuro que se hace más largo mientras más vislumbro de él, se desenrolla ante mí como alfombra monárquica. A lo lejos se escucha el gotear del agua que escurre de las paredes y brinca de sus salientes. Tras la lumbre de una sigue la de otra, indicándome el lugar de mis pasos, una antorcha, dos antorchas, tres antorchas… …noventa y nueve antorchas, cien… he perdido la cuenta.
Mis ojos no encuentran manera de terminar con la fatiga monótona y constante, la desesperación se apodera de mí desde dentro. Entre antorcha y antorcha se viven las noches mas negras, los inviernos más perpetuos, luz y penumbra conjunta en periodos sistemáticos, asimétricos. Angustia cuando no veo otra luz delante de mí. Mis pasos rompen el silencio apuñalando al aire inamovible, las paredes se quejan con su eco. Mis ojos están cansados de ser enviados a rincones rebuscados para encontrar una salida y regresar sin respuesta. Un fracaso tras otro.
No puedo más, mi andar se acelera, mis piernas quieren acabarse el anden a zancadas gigantescas, comienzo a jadear, mis axilas y frente transpiran, mi calor contrasta con el frío escondido en las penumbras, aun así no he visto ni la estela de tus pasos ¡Alto! Un rayo de luz cruza delante de mí. ¿Sueño? Lo sigo hasta su origen, una puerta entreabierta lo hace brotar, me acerco con curiosidad a probar su existencia. Un gozo incontenible y alegría desbocan en mis ojos llenándolos de luz, luz viva, luz real, luz de día. Después del ardor, mis pupilas se enfocan, hay colores, un verde intenso y un arco iris de flores, aves y mariposas. El olor de la savia fresca de los árboles y arbustos me incitan a imaginar el sabor de sus frutos. Por fin.
Me adentro en esta selva aparente a descubrir su forma macabra, su orden maquiavélico. Hay una serie de pasillos y avenidas que se entrecruzan y me conducen a callejones sin salida. El piso se inclina, ahora escalo una colina que promete una vista fascinante. No me defrauda, desde ahí observo todo y todo me observa, puedo ver claramente los caminos inescrupulosos que circunscriben un paciente sauce llorón que espera ser alcanzado en el centro del laberinto.
En un instante pasas de largo frente a mí corriendo; te sigo con mis piernas adormiladas, doblas en la esquina y al darla ya no estás. Continuo con mi paso firme sin desistir, impulsado por la esperanza de volverte a ver. Lo único que guardo es el recuerdo de ti en mi memoria; aunque breve, eres hermosa y tu olor a almendra, jazmín, naranja y avellana frescos de otoños pasados no se ha despedido de mi olfato. Sostengo en mi imaginación el tiempo que se me escapaba bailando contigo, cuando me enamoré de ti.
Pasó no sé cuanto tiempo, la luz se opaca y el Sol se esconde, los pájaros se despiden del día cantando. Me recargó en la pared y me deslizo para quedar acurrucado con mis brazos abrazando mis piernas contra el pecho. ¿Dónde estarás? Al terminar de formular la pregunta apareces frente a mi con la mirada agitada y confundida, te ves perdida y preocupada, me miras como si no estuviese ahí, como si fuera transparente. Me levanto. Tus ojos se abren y prorrumpen en ellos lágrimas perdidas en falsas esperanzas. Sin titubeo corres hacia mí, me abrazas y susurras en mi oído –“¿Dónde has estado? Te estuve buscando.”
