Sol de tarde
El Sol entraba por la ventana aquella tarde, ella estaba sentada en el escritorio con una mirada que volaba hacia una realidad alterna y regresaba para buscarle lógica al pasaporte de contaduría que forzaba su concentración y hacia que su ceño se frunciera. Mientras tanto la tibieza de la tarde se acomodaba en el cuarto acariciando las paredes. La luz de la lámpara se hacia más necesaria para distinguir los detalles de su faz, sin embargo encontré en las sombras matices y rincones que no habían descubierto mis ojos aunque ya habían recorrido su cara tantas veces.
El texto frente a mí llamaba mi atención, mi sentido de responsabilidad había obtenido un gran poder sobre mí en el último año. Mis deberes parecían digerir mi voluntad y hacían que esta me cegara de emociones siguiendo únicamente lo que pudiese ser bueno para mi “formación” y “rectitud”. Pasaron cinco minutos, ¿Quién se cree Wittgenstein? Cree que puede resolver los problemas de la filosofía con una reducción de la vida al lenguaje, será que acaso él sabrá pensar el amor y describirlo. El amor no se piensa ni se expresa, las palabras no alcanzarían para describir lo que en ese momento pasaba en ese mismo cuarto. Dos almas en un mismo tiempo y espacio, compartiéndolo todo, solapando su existencia y apoyándose contra todas las inseguridades de las que un filosofo se cuestiona; sin decir nada, pues nada puede decirse del amor, cantantes, poetas y novelistas han intentado sin embargo tendrán que aceptar que lo único que hicieron fueron intentos fallidos.
Seguí leyendo el texto, llenando mi mente de símbolos y recordando lo que significaban al mismo tiempo, sí como dice este físico matemático con pinta de intelectual. El desarrollo del lenguaje modifica, el hombre lo inventó para llegar más lejos, pero acaso nunca pensó en la otra cara de la moneda, las palabras destruyen y uno no tiene que ir a su significado para darse cuenta que lo están hiriendo, no tiene que saber lo que significa estúpido para sentirse ofendido, no, no es necesario; basta romper el silencio. El ruido con que retumban las palabras en los tímpanos de los hombres, el odioso sonido que sale y retruena quebrantando el momento sagrado creado entre dos espíritus que se entienden que se mezclan y se separan. El abrumador estruendo con el que las palabras asfixian la vida de lo inexpresable, matan el momento compartido y lo reducen a un acto sucio, a un acto bajo: a un acto humano.
Así pues deje a un lado el texto cuando un chillido de la silla me hizo voltear a verla, en silencio, en su mundo, conciente de mi presencia, segura de mi amor por ella. Boquiabierto con la boca cerrada la observe, escuche su respiración y sus gestos que tanto decían sin palabra alguna, con un lenguaje ininteligible: impronunciable. Solamente la experiencia puede abrir la puerta del alma para dejar entrar la claridad de un momento como el que estaba viviendo. Dejando fuera el intelecto y a la espantosa incomodidad que da el sentir un vacío de palabras, el que compromete a la lengua a articularse en palabras con mucho significado y pensamiento pero que, irónicamente, para mi amigo el filosofo-arquitecto, serían un autentico “sin-sentido”. O dígame alguien ¿Acaso tiene algún sentido tirar al suelo lo que nos eleva por los aires, que nos lleva a lugares increíbles, nos hace sentir sin los sentidos y nos guía con una luz impecable a la felicidad plena?
La tarde se despidió en silencio y nuestros espíritus volaron.
