Desposado
El saco de vibraciones secuestra mi cuerpo, tamborilea, me aprieta y me avienta. Retenido por la acumulación múltiple de sus diminutos granos de piedra se sujeta de las ramas en la caja defendida por barrotes blancos acostados en horizontal, enrollados en una cortina carmín, apretujados en un tejido diminuto, aplastados sin tocarse, protectores, aprisionados. Guardianes del eco hiperrebotado, estrepitoso y sofocado; amedrentado por el latigazo tempestuoso del espacio anfitrión que lo seduce y lo invita ha hacerse uno doble en su agigantamiento incontrolable.
Tomado con las garras de garrapata de aquella sombra volátil con alas, se levanta por los suelos cual bolso acomodado en hombros para perderse en el ojo amarillento del gato que todo lo ve en los días y en las noches no hace más que sonreír si decide aparecer, o sorprenderse si decide no perderse. Brusco como sólo puede ser bajo el revoloteo de una animalejo abominable sin denominación, el viaje tortuoso hace estrellar las semillas de la tierra unas contra otras, empujándolas hasta colarlas por la tela descosida, espolvoreando el camino que ha de seguir hacia el iris.
Decidido a que el resto se vacíe en el espacio para ser arrastrado por el viento, la bolsa ya ni a medio llenar flota -mitad como cometa mitad como globo- sin apuntar dirección: como mal guía para las aves, resuelta a engañarte. El firmamento se colorea de yema, y las pestañas le acarician el vientre. A penas se reúne la fuerza de la gravedad en sus entrañas. Aquella vejiga volante sólo retine las moronas perdidas que una vez juntas me encarcelaron.
