Las tres
Recordé a tres de las mujeres más importantes de mi vida. Con todas pasé menos de un minuto. Cuándo era aquél adolescente cacarizo y regordete nunca me creí atractivo. Las niñas fresas del sur huían de mí (las el norte ni sabían de mi existencia), a algunas hasta asco les daba darme besos en la mejilla para saludarme, otras se burlaban de mi forma de bailar, las demás me daban cachetadas jugando semana inglesa aunque me tocara un beso. Pero hubo tres mujeres que vieron más allá de eso, más allá de los granos, más allá de las bolitas de grasa en mi barriga, más allá de la capucha que usaba para cubrirme la cara. Una, la primera, en Galerías Insurgentes, la segunda en Reinoaventura, y la otra en Celaya, en la Olimpiada Marista. Las tres iniciaron el contacto, las tres a su manera me hicieron sentir guapo, las tres me dijeron que algo había para mi allá afuera, las tres me tocaron; el hombro, la pierna, un beso. A las tres no las esperaba, con las tres se dio, o más bien ellas hicieron que se diera. Por alguna extraña razón mi ceño fruncido no las espantó, mi seriedad y timidez les pareció lo que era: una máscara. Dejaron todo atrás para arriesgarse a ser amables con el chico migraña. Con la primera y la última no cruce más de dos palabras, con la segunda tal vez habré dicho cinco. Pero ellas fueron las primeras, mis primeras seductoras, mis primeros ángeles. Ahora ha habido angelitos revoloteadotes, pero no bajo la escopeta, ni guardo las tijeras, estoy ardiendo.
Me caí, estoy en el piso y llevo una semana sentado en él. A penas he descubierto que estoy tirado en medio de la cocina, afortunadamente nada esta roto, sólo son fisuras, con cola-loca se pegan. Pero aunque la receta me la se de memoria, esa que hace que el pastel levante, los huevos están estrellados en la pared, la mitad de la harina está en el piso, la leche gotea de las repisas, y no alcanzo a ver ningún sabor, ni la vainilla, ni la avellana, ni el chocolate, y aunque creí haber visto una fresa muy roja detrás del refrigerador seguro se espantó porque no la he vuelto a ver. Así que cuando me levante habrá que recoger el tiradero, habrá que toquetearme para ver dónde me duele, dónde están los moretones, qué menjurje me tomo para las heridas internas, que pomadas me enfrían y me calientan para los dolores musculares, sobre todo para los músculos que bombean. Empazaré a trapear, a sacudir, a barrer, a lavar, una vez que todo esté limpio prepararé el pastel. A ver si levanta.
¡Los amo!
P.D. ¡Gracias tres angelitos!
