La Invitación (Capítulo 2)
Después de verte por primera vez era insoportable mi autocontrol, no podía quedarme en la contemplación. No hubo razón alguna que me detuviera a saciar mi deseo egoísta más que tu escape. Si yo respondiera a mis impulsos no tendría que hacer más que alargar mi mano y estaría en tu piel de pétalos rociados. Aún así me contuve, te esperé, tenté el aire para encontrar la respuesta en el momento indicado, el momento donde la paciencia se podía transformar en otra. No quería espantarte, no quería que corrieras y te encerraras en suposiciones mal fundadas, en interpretaciones no deseadas por mi falta de tacto, dejando así que tu lejanía se llevara con ella toda esperanza.
Dos océanos negros aparecían en ventanas abiertas en cada momento que miraba tus ojos, el espectáculo de guiños y gestos tienen el repertorio más amplio interpretado por una orquesta excelsa en perfecta coordinación con los sentimientos, sin falsedades, sin máscaras absurdas de maquillaje, un rostro natural con mejillas rojizas y narices pecosas, con arrugas que escriben su historia, sonrisas y llantos. Otras veces se me dio la oportunidad de mirar otro espectáculo, una lucha de elementos maleables; cascadas de cabello rebelde y entrecruzado, ese que hace que te desesperes cuando es tan incisivo en tus labios y tus pestañas, de movimiento ondular que cierra la puerta al paisaje de tu cara creando un misterio irracional; como si creyera que algo de tu faz fuera a desaparecer o cambiar en el segundo que tu melena la oculta. No sé cual prefiero más, el uno que estorba como si tuviera voluntad propia, enmarañándose y acomodándose a la curvatura de tu cara, acentuándola, embelleciéndola; o el otro, tan franco, tan sincero y claro, sin vicios ni engaños, ahí, sin más, desvelado de rencores.
Envolvimiento de agua tranquila y tibia que viene a mí cuando tu aura llega a rozarme, ese sentimiento que calienta de adentro hacia afuera haciendo que los poros de la piel se abran y resalten, ni siquiera es el tacto, es sólo la cubierta tierna que lleva tu cuerpo. Eres el fruto prohibido que envuelve en él la metafísica de la cual temen todos los hombres que no han aprendido a volar.
Desde el principio supe que no debía acercarme a ti. No sabía el riesgo que correría si lo hiciera pero sabía que la distancia era la mejor defensa a ese peligro latente que emanaba de mi duda ante lo que eras para mí. Sin certeza de la existencia de peligro, basado únicamente en mi experiencia, mi mente se llenó de prejuicios que justificaran mi aislamiento. Utilicé caras falsas de fastidio al estar cerca, mis ojos huían de verte, seguía la refrigeración de mi mente sobre mi corazón para que este no despertara.
No pudiendo escapar a las garras del protocolo un conocido mutuo nos presentó en una fiesta. Aún no sé quien eres, no recuerdo tu nombre. Recuerdo que fue una presentación fría y superficial no paso de un “hola”. La fiesta siguió su curso y yo te observaba con tu belleza manufacturada, cómo una rosa que tiene pétalos de tela y tallo de mecate, tu apariencia era aprehendida por todos. Tu lo supiste, te encantó.
La distancia entre tu y yo se hizo más grande, tu actuación era perfecta para los ojos desinteresados, la gente que no te observaba, la gente que sólo te oía no captaba la tenue línea que separaba tu autenticidad de lo que aparentabas ser. El juego que jugabas cambiando mascarás era tu oficio. Su aprendizaje fue impuesto, no te diste cuenta de cómo se adentró en ti, un día lo hiciste sin pensar y te perteneció. Excelente actriz pero actriz al fin, encontré la perfecta excusa para acentuar mi comportamiento insular, me refugié en mi arrogancia y decidí que no valía la pena tomarme el tiempo para conocer a alguien tan hipócrita.
Pasaron los días, tu en tu mundo y yo en el mío los dos seguían un tiempo hiperbólico que nos acercaba y nos separaba sin hacer contacto. El chorro de semanas continuo su cauce y los días se llenaban de esperanza al ver que podría salir del espacio que compartíamos y llegar a tener la suficiente distancia para olvidarte, escondido en el recinto que tiene en sus muros mi esencia, fuera de este lugar que me invita a ser extraño, negándome al mostrarme fachadas extrañas, vestidos grotescos y cielos susceptibles. Extraño mi casa, mi música, mis ideas compartidas, el clima templado constante, las normas sociales predecibles y sistematizadas que conozco, las caras conocidas, el reconocimiento de los demás: mi identidad.
El movimiento de los fenómenos sociales y la invariable marea de masas terminaron por hacernos naufragar en la misma playa. Esa noche tu seguías con tu juego, querías envolverme en tu torbellino aprovechando la atracción con el que este te había dotado. Acepté el reto, debía, por mi propia arrogancia y orgullo, tratar de mantenerme lo más correoso a ese poder aspirante. Los demás iban a ti como insectos a la luz, yo mantenía mi distancia pero gozaba de tu resplandor mostrándome indiferente. Sin embargo, la realidad hundida en mi interior me exigía demostrar todo mi interés. La lucha era dura, pero finalmente logré controlarla y me dispuse a manejarme para contrarrestar tu jaloneo incesante con uno manufacturado por mí.
