La Invitación (Capítulo 3)
Ardua batalla la que sostuvimos aquella última semana. El constante ir y venir de las casualidades que nos enmarcaban nos rebasó y nos revolcó a un encuentro que delineaba sólo a los dos. La cita fue a las ocho en el cine del centro, yo esperaba a la conglomeración de conocidos y apareciste tú sola de entre las calles de luz. La emoción y el nerviosismo que penetran el aire justo antes de librarse una batalla entraron como actores independientes de ambos, nosotros ya no nos dominábamos, estábamos a expensas de las mariposas que con su revoloteo mareaban nuestros estómagos. Sin embargo, tu defecto fue tu mejor arma, la capacidad que tenías de esconderte detrás del velo frío e invulnerable hacia mí. Yo no podía más, cualquier excusa era buena para acercarme a ti. Las pecas de tu espalda, a las que tu neciamente llamabas lunares, representaban puntos que deseba unir con mis caricias y tus hombros descubiertos invitaban a mis brazos a cubrirlos. Defraudando a la ingenuidad fui consciente de tu maquiavélico plan para hacerme ceder, me contuve entonces y proseguí a ser un mal actor convirtiéndome en payaso sin quererlo.
La trama de la película nos dio la oportunidad de liberar la presión tácita en la ansiedad de buscar un contacto, varias veces hicimos catarsis. Los momentos en que nuestras extensiones eran ordenadas a estorbarse fueron de plástico, todo pareció haber estado edificado para que se lograse, sin quererlo, como si hubiese sido un accidente inevitable provocado por el ambiente nervioso y agobiante que nos asfixiaba, no fue voluntario, fue necesario pero insufciente.
Al termino de la película estábamos presos ante el inminente acecho del tiempo. La despedida se acercaba y la balanza no daba ventaja a ninguno, el juego amenazaba con declararse empatado. Decidimos extendernos en el preludio del adiós, te acompañe hasta donde nuestros caminos se separaron esperando atestar el último golpe, el que me diera la ventaja para el día siguiente. Entre el coqueteo y la apatía dejamos que la noche nos apagara. La fatiga alcanzó nuestras intenciones y las deshizo, continuamos solamente con lo obligado para mantener nuestro status quo, asegurar lo que habíamos logrado hasta el momento: nada. Las ganancias cuadraban con las desventajas y terminamos tal como empezamos, más aún, habíamos logrado medirnos y esta noción sería valiosa para las batallas futuras.
Al hacer el recuento de los hechos, nos tocamos las heridas y sentimos nuestra debilidad por el desgaste. Así pues vino a nosotros una tregua para dar paso a la recuperación. La paz transitoria no significó bajar la guardia, simplemente no alimentar la ofensiva. Abrimos el paso al espionaje, tentábamos el terreno y nuestras capacidades para ver si podíamos aprovecharnos de nuestra habilidad de recuperación, siendo que si ésta era más rápida en alguno de los dos podríamos aventajarnos tomando al otro desprevenido.
El respiro oxigenó el más común de mis sentidos, dio un brinco centellante de la pasión a la razón. Faltaba poco para el silbatazo final. Tan sólo tres días para que, forzado por los compromisos, esta aventura terminara ¿Qué sentido tenía erosionar mi solidez si, aunque ganase, no iba a disponer del tiempo para disfrutar mi recompensa? ¿De qué serviría el constante jaloneo? Sólo de desgaste y decepción ganase o perdiese.
Con la idea de ceder a la apatía pasó un día más. Esto alimentó la voluntad de dejarte en paz, pues ya no valía la pena continuar ¿Para qué estoy luchando? ¿Qué es eso que quiero con tanto aínco? La concentración en hacer que cedieras opacó el motivo por la cual quería que lo hicieras. Concentrado en estrategias olvidé el fin que añoraba mi trabajo.
Con este sentimiento ya impreso en mi, contra mí, continué, terminé con la paz muda, no hay paz sin guerra. Ya no había necesidad de mantener mi distancia, no había peligro, estaba convencido, ahogado en mi resignación, no encontré justificación para mi antiguo estado. Sí, me gustabas, me encantabas, aún quería tenerte cerca, pero ¿de que serviría lanzarme con diente y uña a una pelea que no estabas dispuesta a omitir? Para ti ella era tan necesaria.
