Digestión

December 28, 2006

La Invitación (Capítulo 4)

Filed under: Relatos/Cuentos

Salimos otra vez, ni siquiera icé la bandera blanca, tal era la importancia de lo que había sido mi credo. Decidí envolverme en mi para preparar la retirada. Tu no eras más que una figura estética que daba vueltas en una realidad onírica. Lo importante ahora era ver como enfrentaría el destino que me esperaba lejos de ahí. Ser responsable fue el evangelio que envió mi razón y tan fácil es ésta que decidí tomarlo sin cuestionarlo, solamente seguiría lo que dictaba y me conformaría con su lógica pragmática.

Patinamos toda la tarde, pensé que tal vez serías mala y necesitaras de mi ayuda para sustentarte, no fue así, resultaste ser una gota que se deslizaba sobre el concreto, fluída y ágil. ¡No más por favor! No más esperanzas, no quiero seguir creyendo que algo puede suceder y que no suceda. Sin embargo es inevitable. La apatía no consistió en no querer que algo sucediera para acercarnos, el deseo estaba ahí: la apatía era hacia la lucha entre los dos, hacia las máscaras que no hacían más que complicar.

Un helado después caminamos juntos hacia la catedral, hablábamos de cosas que ya no significaban nada. Intentabas descubrir porqué había cesado de jugar con una curiosidad felina, tan tierna, tan inocente, tan bien representada, tan falsa. La pelea se había transformado en fumarola y fue dispersada por los vientos que anunciaban mi partida. Al no tener rival no puede haber confrontación, no hay, por lo tanto, tregua, todo se transformó en polvo, no quedó nada. Soltabas carnada para que yo picara, no había para qué, no quería seguir, se me hacía tan estúpido esconder un fin tan loable en redes infames; engañándonos y mostrándonos como algo que no somos para incitar al otro a creer en esa falacia y darlo así como descalificado para compartir algo más que esta trifulca.

Podías herirme pero yo ya no a ti. Colgué los guantes, no tiré la toalla porque no había a qué rendirse. Así pues seguimos caminado, yo explicando y contestando lo mejor que podía a tus preguntas de todo y nada, de verdad y de bien. La filosofía te deslumbraba, eras hoja en blanco, filosofabas con afán bárbaro sin conocer el sabor del jarabe que daban en la escuela; las lecturas de “los grandes filósofos” como Platón, Nietczhe y Bergson. Muchas de tus preguntas ya habían sido planteadas y contestadas por ellos y no hice más que transmitírtelas. Ahora después de romper la costra que tapaba mis ojos veía en ti la impetuosa potencia del querer. Y yo -ahora desinteresado- no podía regresar el tiempo para explotarla.

Tu belleza era implacable, no había manera de no sentirla. Eras verdaderamente fruto de la mano sabia de la naturaleza que ordena sin forma, ella mezcló en ti genes en forma sarcástica como burlándose del ingenio del hombre, mostrándole su superioridad, su caos ordenado ininteligible. Seguiste tu juego creyendo, tal vez, que mi adormecimiento era una más de mis estrategias para atraerte a mí ¿Quién te habrá engañado tantas veces?

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