Digestión

December 30, 2006

La Invitación (Capítulo 5)

Filed under: Relatos/Cuentos

Un día más tarde un instante más temprano, caminé el pasillo que me llevaba hasta tí una vez más. Ahí estabas tu, dentro de tu papel, sin derramar una gota que diera indicios de engaño. Mi saludo fresco y yo caminamos hacia ti, casuales, tan perfectos, que no podríamos existir por nosotros mismos. Envolviéndote en tu cuerpo decidiste mover de nuevo, sin embargo esta vez no hubo en mi ni siquiera indiferencia para sostener tu jugada: sin necesidad del tacto te deje caer de bruces y, encima de todo, lo hice evidente haciendo mofa de tu atrevimiento; inclinar tu cuerpo hacia delante con esa playera escotada, recargando tu pecho sobre tus brazos que se cruzaban debajo de él. Creías que era tan estúpido, tan perdido en la inocencia para seguir escondiendo mi cara enrojecida por debajo del cuello de la camisa ¡Alto! ¡Ya no más!

Aunque seguías fingiendo ser inmune, queriendo hacerme creer que nada había pasado guardando la estocada bajo tu sonrisa chueca y quebradiza. Sabía bien que habías absorbido el golpe, estaba seguro que no me dejarías ir -después de dejarte en evidencia- sin algún escarmiento.

¿Qué había hecho? No sabía si de alguna manera había aumentado el nivel de la contienda o, tal vez, la había matado. El aire se sostenía sobre una charola invisible en el vacío. El día siguió como debió haber seguido, ya ni siquiera gastaba mis pensamientos en tu causa, menos aún en tu efecto, la vida era mía, ya no te pertenecía más, me había liberado del yugo de tu incertidumbre, podría hacer lo que quisiera, salir, bailar, gritar, correr, caminar hasta donde decidiese. Después de las tres horas de suculento libertinaje, mi cara se volvió al oír que alguien vociferaba mi nombre, me informaron que me estabas buscando.

Mi mundo perfecto en donde yo era mi propia voz y mi guía de pronto cayo y se estrelló en el fondo de la nada. De nuevo era la presa fácil que por gula habría de perecer, comenzó pues la búsqueda. Zorro y cazador se dieron a la carrera para encontrarse. La curiosidad del animal por fin venció su instinto de supervivencia y se lanzó al cazador para ser mazacrado.

Te despedías, decías adiós, que te marchabas a casa, que no nos veríamos más tarde por tu malestar, estabas enferma y no tendrías intenciones de asistir a la fiesta por la noche, querías decirme que ya no serías más, que lo que eres, no era tanto, ni ahora ni nunca.

Con mi cara de hielo y mi corazón de polvorín aparentando ser piedra, dije adiós, pedí prestada la cámara de alguien para congelarte en un papel que nunca le haría justicia a tu imagen. Era el adiós el as bajo la manga que nunca le vimos a nuestra historia

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