Digestión

December 31, 2006

La Invitación (Capítulo 6)

Filed under: Relatos/Cuentos

No hice nada, no mostré las ganas que tenía de tomarte, apretarte y exprimir tu último respiro, para quedarme con tu soplo de vida, si no con tu olor o, por lo menos, con el tacto de tus labios. Por dentro sólo un diminuto grano quedaba del polvorín, afuera era invierno.

Dispuesto ya al final, desististe en tu intento por quebrarme y caminamos hasta tu casa, tomaste una pastilla y tu infierno se derritió. Hablamos, escuchamos y reímos. Por primera vez habíamos probado el trago amargo de la despedida, el nudo en la garganta que cerraba la esperanza y, necios, decidimos alargar la función.

La tensión en el aire cambió, ya no se respiraba aversión. La llave a nuestra persona se abrió y gota a gota compartimos penas y temores. Ya no eras un personaje más, eras tu, con tu historia. Las cicatrices ahora eran explicadas, el muro se transformaba en cortina, la cortina en vidrio y finalmente en aire. Tocamos y entrelazamos un hilo de recuerdos. Un hilo bastaba, un hilo era suficiente, un hilo no era necesario.

Al final del susto, recobramos nuestros sentidos, el balde de agua fría estrellándose sobre nuestros corazones desnudos nos hizo temblar, corrimos con nuestras manos para cubrirnos fingiendo estar a tiempo. Demasiado tarde, tu hipersensibilidad escondida ya no era más una sombra, tu sabías de la mía también, sin embargo, la arrumbaste en el rincón de nuevo para que se mimetizara con tus otros secretos. Yo no te seguí, la deje afuera, deje que brillara en mis ojos, que se mostrara tal cual fuera. No me importaba cerrar la puerta.

Entonces lo dije, no cerré mis ojos, ni hablé en voz baja, lo grité, abrí bien la boca para que fuera claro: ¡me gustas! Lo dije ¡Me gustas, me gustas, me gustas, me gustas, me gustas! Dejé de aferrarme, me dejé caer de ningún lado para llega al mismo lugar. Ya no tenía en que refugiarme, ya no podía regresar lo dicho, me habías escuchado, al menos oído. Y tu, tu fingiste, muda, tiesa, sonriendo, era yo ahora el bufón ¡Y qué bufón era! Lo hiciste evidente, había caído, me había partido el cuerpo con el suelo.

Mis axilas se sentían frías, mi cabeza liviana me aseguraba que estaba pálido, ahora rojo, después… quien sabe, pero a mí me importaba. Atrapado en su terreno, no quedó más que insultarme y poner mi cara de idiota. Salí de ahí no sin antes decirte que yo no valía la pena, que tu nunca te fijarías en alguien como yo, te convencí de lo que tu querías convencerte. Absorta en tu mundo y regocijándote de tu hazaña, decidí hacerte reír otra vez invitándote a la fiesta, como era de esperarse, aceptaste, pues yo era nadie.

Por fin había sacado al parásito, a mis sentimientos, y me fui cantando hasta la estación del metro. Estaba en paz.

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