Digestión

December 31, 2006

La Invitación (Capítulo 7)

Filed under: Relatos/Cuentos

La fiesta comenzaba las nueve, llegue las 10:30. Estabas tu ya ahí, pero no me abalancé a saludarte, supuse que tu ánimo al verme sería altanero y discriminativo, pues ya, lo había hecho, habías quedado como la vencedora irrefutable. Yo, perdedor, esperaba la mirada barredora y la actitud de amo que tendrías sobre mi, yo para ti era un subordinado.

Era mi última noche, no la iba a desperdiciar contigo, no con alguien que no viera el fondo de lo que había significado el tiempo que estuvimos juntos, el fin compartido y la mentalidad tan irremediablemente análoga. Yo no iba a ser subordinado de nadie.

Saludé a toda la gente con la que había cruzado mi camino durante ese tiempo, reí con ellos, bailé y canté también. Sentía tu mirada a cada movimiento que hacía, varias veces sorprendí tus ojos mirándome, al descubrirte volteabas a cualquier lado para no hacer obvia tu atención. Caminé hacia tu mesa, te saludé y a todos los demás por igual. Note que tu cabello ya no era aquel rebelde incisivo e indomable, lo habías transformado a seda, también te habías maquillado, eras como un sueño caro y brillante en medio de sombras que hablaban alto y se movían desordenadas. Sentí como la música pasó al trasfondo y las risas se alejaban de mí, mis sentidos eran tuyos.

Tome la cerveza de la mesa para brindar, lo dije en voz alta y volteando a ver a los demás, ni siquiera me dirigí a ti, seguía aparentando mi desinterés. Antes de que pronunciara palabra tu eras la única que tenía la copa levantada, nadie más me había prestado atención. Te miré directo a los ojos y escondiste tu cara bajo tu manto liso, yo seguía mirándote, resignada volviste tus ojos a los míos y así comenzó nuestra noche.

Bailamos, me prestaste tus manos, tu cintura y tus brazos. La velada se convirtió en una fiesta de caricias y tentaciones, eras mía, no te diste por un segundo a nadie más, un metro de distancia entre tu y yo era muy frío. Caminamos por los faroles de la calle, salimos a comer pizza y te dediqué una canción. Bailamos en las banquetas, cantamos canciones sin letra y cruzamos miradas interminables. El frenesí continuó en un limbo sin tiempo sin distancia, un abismo eterno de pasión desmesurada y sueños.

De regreso de la pizzería a la fiesta ya todo había terminado, la gente ávida de más buscaba algún bar perdido que siguiera abierto, no hubo tal cosa. La noche una vez más despedía a bailares expertos y cantantes desentonados para darle entrada la cotidianidad. La corona del Sol se asomaba por encima de los edificios, era ahora el tiempo, debía irme a empacar y a dormir, tenía que tomarte en mis brazos y soltarte para que te escaparas y sólo quedará el impacto de tu proyección en mi cortreza frontal.

Nos salvamos una vez más. Caminamos hasta tu casa y dormí en tu sofá. Te esperaría a las once de la mañana del día siguiente enfrente de la plaza para almorzar. Mis últimas horas serían las primeras contigo, empezar algo para que terminara antes de continuar; alargando aún más el inicio, haciendo crecer la agonía.

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