La Invitación (Capítulo 8)
La madrugada vino rápido, el día se iría más de prisa. Los últimos toques para mi partida habían terminado; la maleta hecha, los cajones vacíos, la solemnidad con la que había encontrado aquel cuarto entraba de nuevo hasta regresarlo a su forma original. El impacto de mi existencia sería lo único que guardaría esta ciudad de mí, algo que sería como ella quiera que sea.
Las 11:00 y aún no llegabas, tal vez nunca lo harás. Esperé 15 minutos antes de ver tu figura flotando por la banqueta caminando hacia mí. Llegaste alegre y sonriente justificando tu tardanza nerviosa por la posibilidad de que yo te reclamara, se te olvidaba que el tiempo era demasiado corto. Corrimos hacia la despedida antes de que las manecillas del reloj nos alcanzaran. La fantasía comenzaba como una carrera.
Gasté mi último centavo invitándote a comer a un lugar decente buscando ser diferente. Resolvimos los problemas superficiales que pareciera que estorban en el proceso de conocerse a toda pareja, eras Libra, te gustaba la pasta, escuchabas música de películas, te derretías con las noches estrelladas y te divertía conocer gente. ¿Qué diferencia hacía? ¿Realmente cambiará las cosas si una pareja no comparte este tipo de cosas desde el inicio, será tan trascendental? Esta pregunta como tus respuestas eran irrelevantes, servían para llenar el espacio entre nosotros, lo importante era estar juntos.
Pasamos por la Catedral y el bulevar lleno de ambulantes que coloreaban la calle con sus dibujos, sus gritos y espectáculos temerarios. El sol iluminaba la ciudad dejando ver cada hueco y cada rincón de los edificios. El bullicio de la calle retumbaba en las paredes y seguía el curso de las avenidas hasta que se morían a la distancia. Nuestras pláticas y nuestras risas acompañaban a todas las demás voces que se reunían en ese lugar, destinadas a ser llevadas lejos y a no ser escuchadas más.
La plática se hacia más seria, tu me contabas de tu casa, de tu familia y de las emociones que habías sufrido en tu infancia. Yo te contaba de lo mío, de mis sentimientos y de mi innegable sensibilidad hacía las situaciones intensas. Caminábamos físicamente esa tarde pero nuestras palabras nos llevaban a compartir los pasos de algo que se elevaba más allá de nuestra imaginación y tocaba en el pasado envolviéndonos en nostalgia.
Habíamos dejado de correr, la pausa entre el adiós y el inicio hacia el tiempo eterno. El helado que me dabas en la boca la llenaba de dulzura, tu mirada en mis ojos se quedaba un segundo más y la memoria retenía todo para que estuviera accesible cuando ya no fuera más. La ciudad moría con nosotros esa tarde, un día cualquiera para las casas, las árboles y las nubes que pasaban de largo. Para nosotros era el final.
Una banca fue el recipiente de los sentimientos que emanábamos, el Ave María era interpretada por un trío que amenizaba a la gente de la plaza, ahí nuestros corazones dieron el primer paso hacia distintos lugares. Dejamos el trío atrás y los aplausos de la gente nos siguieron hasta la estación del metro, tomaste mi brazo y tu cabeza encontró su apoyo en mi hombro. Sacábamos palabras para afirmar nuestra presencia, mientras nuestras mentes no eran conscientes de lo que ocurría, nuestros corazones lo sentían. Bajamos del metro para despedirnos, yo debía seguir unas cuantas estaciones más, a ti se te hacía tarde. Un abrazo disuelto en un segundo no dio tiempo para que el llanto entrara. Adiós.
