Digestión

July 25, 2007

Ochocientos mil

Filed under: Pensamientos

Estoy agresivo. Las tres primeras noches que estuve aquí soñé con discusiones fuertes, lágrimas de frustración y una golpiza que le acomodaba a un tipo insolente que se burlaba de mi a carcajadas. Es exactamente el mismo sentimiento que tenía cuando molestaba a Rocío en el kinder porque me gustaba. El mismo que me hizo aventarle una pila Duracell “D” al niño que siempre me quitaba de los juegos en preprimaria. Lo que sentí por primera vez contra Francisco cuando me hizo manita de puerco en la cancha del Salón 25. Lo que empujó las lágrimas y tensó mis músculos cuando mi hermano lloraba en el suelo porque alguien le había pegado. La furia que transmitía mi quijada apretujada cuando el profesor Herrera Herrera nos daba con la regla metálica en el dorso de las manos. La impotencia y frustración cuando el hermano del Tepiteño me zorrajó un puñetazo en el ojo que lo hizo sangrar. Cuando Crispín me enseñó el autoritarismo al afirmar que como maestro el tenía el sartén por el mango y me freiría cuando quisiera. Lo mismo que hacía que mi madre y mis tías repitieran constantemente: “¡Qué carácter! ¡pobre de tus hijos y tu esposa!” Ese sentimiento que me hacía seguir adelante para demostrarles a todos que a pesar de ellos permanecería en pie después de su tiempo.

Como todo cambio importante este pasó paulatinamente. Dejé de tener porque quejarme, dejé de sentir que yo o el mundo sufría una enorme injusticia, dejé de sentir que no pertenecía, empecé a hacer amigos, dejé de estar sólo, dejé de sentirme incomprendido. Dejé de sentir agresiones constantes provenientes de todas partes. Aprendí a ser cínico para apagar la culpa martirizante. Y con ello se fue la violencia contra la humanidad.

Pero recientemente la agresividad se ha estado asomando. No entiendo. No sé porqué pasó. No lo puedo comprender. Como pudo ser que mientras ella rezaba alguien le diera un hachazo en el occipital que la dejara ciega por semanas. Cómo el padre de aquél asesinó a su madre. Cómo la madre de aquella otra se ofreció a los asesinos físicamente y ellos decidieron violarla frente a ella. No bastando esto los sobornó con dinero para que se marcharan sin hacerles daño. No entiendo como los amarraron cada uno a una silla y empezaron a descuartizarlos a machetazos uno por uno. Cómo pudieron tomar a los bebes de las piernas usarlos como boleadoras y arrojarlos contra la pared para estrellar sus cráneos ¡¿Cómo es posible que el mundo entero volteara la mirada?! 800,000… 800,000… 800,000…800,000… 800,000… 800,000… 800,000… 800,000…800,000… 800,000… 800,000… 800,000… 800,000…800,000… 800,000… 800,000… 800,000… 800,000…800,000… 800,000… 800,000… 800,000… 800,000…800,000… 800,000… 800,000… 800,000… 800,000…800,000… 800,000… 800,000… 800,000… 800,000…800,000… 800,000… 800,000… 800,000… 800,000…800,000… 800,000… 800,000… 800,000… 800,000…800,000… 800,000… 800,000… 800,000… 800,000…800,000… 800,000… 800,000… 800,000… 800,000…800,000… 800,000… 800,000… 800,000… 800,000…800,000… 800,000… 800,000… 800,000… 800,000…800,000… 800,000… 800,000… 800,000… 800,000…800,000… 800,000…

Llevo 28 entrevistas de 68 en tres semanas, algunas a detalle otras pasan por el genocidio vertiginosamente sin descripciones, esas son a las que les tengo más miedo.

Si me tocan, me desmorono, por eso no lo permito… estoy agresivo.

July 19, 2007

Abana

Filed under: Relatos/Cuentos

La camioneta noventera Nissan 4x4 se estacionó frente a la casa de los parientes de Annie, la esposa de Jean Baptiste. Una zanja de tierra de medio metro de profundidad bordeaba el terreno. Mientras el conductor, JB, y su esposa, Annie, entraban a la casa para comunicarles que habíamos llegado por ellos, Clementine (la gringuita güerita escuálida compañera de oficina) y yo esperábamos en el coche.
- “¡TSSSSSSSSST!”
Volteé a mi izquierda para ver quien hacía ese ruido.
- “¡MUSUUUUUUUUNGU!”
Un chiquillo de apenas cuatro años, mocoso, chorreado y descalzo me gritaba desde la otra acera como si se tratara de un juego de niños en el que yo traía la roña.
- “¡MUSUNGU! ¡MUSUNGU!”
En el momento en el que nuestras miradas se cursaron se quedó quieto y lentamente se dibujó una sonrisa en su boca. Le sonreí y regresé a mi estado previo con los ojos al frente.
(Un minuto después).
- “¡MUSUUUUUUUUUNGUTSSSSS!”
Una vez más voltee la mirada, pero ya no sólo era el rapaz original el que me contemplaba a 20 metros de distancia, alrededor de él se habían conglomerado cinco escuincles. Una docena de ojos me miraban impávidos, quietos, juguetones, y serios. Esta vez decidí devolverles no sólo una sonrisa sino un saludo con la mano, al ver aquel movimiento extraño reaccionaron rápidamente y se esparcieron por la calle como canicas cayendo de un saco roto.
No pasaron ni cinco minutos cuando me vi envuelto en el inicio de nuestro ritual una vez más.
-“¡MUSUMGUSTSSS! ¡MUSUNGU! ¡MUSUNGUTSSSS!”
Los veinte metros no eran ahora más que 10 y los doce ojos eran ahora 20. Todos detrás del chamaco aquél que lo había comenzado todo, un verdadero pequeño diablillo. Había niñas en vestidos grises que habían sido blancos para la primera comunión, había más descalzos y medio descalzos, huaraches y zapatos de charol sin brillo, trenzas destrenzadas, babas secas, y ojos contemplativos de todas las edades infantiles.
Los miré sin emoción. Me sentí como gorila de zoológico y como payaso de plaza pública a la vez. Tenía la obligación de hacer algo, un pequeño malabar o caras o magia. Algo que yo soñaba que hicieran los primates en Chapultepec cuando se quedaban ahí perezosos sobre el pasto y las ramas sin hacer nada. O cuando de niño deseaba que el mago me escogiera a mi para el truco. Así que salí muy lento para no espantar al puñado aquel de piernas nerviosas. Una vez afuera no lo pude resistir, lo tenía que hacer. Me puse casi en cuclillas di la vuelta estrepitosamente para encararlos, alcé mis brazos, abrí mis manos y di un alarido espantoso. Los hubieran visto correr, todos salieron volando menos el diminuto demonio aquél que lo había iniciado todo, el cual se quedo inmóvil, temblando de miedo, mirando para todos lados sin saber que hacer…

July 5, 2007

Musungu

Filed under: Vitácora

Después de tocar tierra (escala sin bajar del avión) en tres países -Italia, Etiopía y Kenya- finalmente llegué a Kigali, Rwanda. El subdesarrollo se acercó precipitosamente, conforme desciende el avión más me entierró en él, en algo que me imagino fue la ciudad de Chilpancingo hace 60 años, terrasería y fantasmas de La Revolución. Desde el avión a penas se veían montoncitos de chozas a cien metros de distancia de cada uno, de oscuras paredes y techos de palmera, entre ellas verde, mucho verde, y la tierra negra, no café como la nuestra. Pensé que tal vez es cierto que todos estamos hechos de barro y las tonalidades coinciden con la orografía de la tierra de donde venimos. Pero hacía falta algo, no había carreteras, los caminos eran a penas líneas de grafito y por la altura no podía juzgar si eran para caminar o para coches, después me daría cuenta que son para ambos y otros animales. La menguante distancia entre el avión y el suelo me hizo notar que no había cableado, ni de luz, ni de teléfono, vi Chalco en su opuesto ¿Agua y drenaje?

Para hacerme sentir el sabor de falta de etiqueta rigurosa mi maleta no llegó, después de hacer cola media hora dijeron que llegaría pronto: en dos días. Recordé entonces al hombre del mañana. Habiendo vivido un sólo tipo de subdesarrollo no me quedó más remedio que utilizar México como referencia. El clima es como Cuernavaca, pero ahora, en temporada seca, no llueve, la vialidad es cómo las Lomas, Bosques o Interlomas, llena de calles circulares que no tienen ningún orden o sentido geométrico, todo sobre colinas, pero las barrancas no están llenas de paracaidistas de entre Las Águilas y Plateros. La ciudad es sorprendentemente limpia, lo que podría pasar como sucio es sólo tierra, y verde y más verde, aunque la vegetación no es espesa, es bastante chaparrita, pero abundante y colorida, llena de vida.

Me recibieron gringos, que sin darse cuenta hacen comentarios arrogantes que cortan el subsuelo, abriendo llagas de escasez material, jurídica y pedagógica. Pero no se si esto sea peor a la exageración de su tacto que deja entrever un dejo de lástima, su condescendencia enferma, encerrados en su mundo, en suposiciones, en la idea que se crearon de lo que es Rwanda sin poder ir más allá de ellos mismos, ¿en qué idea viviré yo? De inicio se que no puedo escapar mis comparaciones con montañas mexicas y tal vez nunca lo deje de hacer. Pero debo decir que a mi me trataron muy bien, asumiendo que estaría acostumbrado a sus mismos placeres, a lo que ellos llaman necesidades básicas. Esta bien, lo admito, lo estoy, pero tengo ventaja sobre ellos, la que me dio mi tía Cucus en San Miguel de Allende, Toluca, mis visitas a Orizaba, Morelia y Guadalajara, mis tíos abuelos en Veracruz, Acolman, a veces Axiomiatla, Santuario, esa semana en Patamban, y la mitad de aquel año en Raleigh, mis baños de pueblo y carestía. Como en México, acá es barato sobrevivir como pobre, fácil morir como muy pobre y demasiado caro vivir como vivimos. Afortunadamente todavía no hay pobreza urbana, la diferencia está en los detalles.

En 1994 murieron 800,000 Tutsis a machetazos, pedradas, bastonazos, asesinados sin balas por sus compatriotas Hutus en menos de tres meses. Compatriotas ¿Qué significa ser de un país o de otro? ¿Tutsis? ¿Hutus? Cómo estamos casados con clasificar y que nos clasifiquen para hacer nuestra existencia sufrible. Visité una iglesia en donde se escondieron entre 5,000 y 10,000 Tutsis durante el genocidio, ninguno -hombres, embarazadas, niños, bebes, adolescentes, mujeres-, nadie sobrevivió la irrupción de un puñado de Hutus a lo que más tarde sería una fosa común de superficie. No narraré las atrocidades que sucedieron ahí, pero digamos que la Alhóndiga de Granaditas es un cuento de hadas, y que a Maximiliano realmente lo trataron como emperador cuando Juárez le cortó las piernas porque no cabía en el sarcófago estampado para Austria. Las manchas de sangre siguen ahí en sus paredes. Nadie habla del genocidio, pero está ahí, como la segunda guerra mundial está detrás de cada alemán. Ya todos son rwandeses, ya todos alemanes, ya no hay una y otra tribu, ya no se siguen órdenes por seguirlas. Eleanor llegó hasta aquí, como allá, y con ella el respeto a la vida.

La gente, sus ojos, sus miradas curiosas, el blanco teñido de sangre oscura, de opacidad, queriendo olvidar recordando. A diferencia de los indígenas mexicanos que visitan nuestras casas a cocinarnos, hacer la cama y criar a nuestros hijos, nuestros campesinos, estos te miran directamente, no agachan la mirada, tremendamente serios, sin sonrisas, sin furia, sin felicidad, pero estables, dueños de si mismos, en armonía con sus cuerpos que se cubren con telas que no les quedan bien sea el corte que sea. Todo inocente, bueno, noble de primera impresión, para usarse en ventaja y desventaja.

La danza y el canto surgen como chorros de agua de manantial, espontáneos, alegres, la vida lo llena todo, de aquí pa’l real. Los hombres se toman de la mano, caminan abrazados, bailan juntos, así está bien pero que no los vean con una mujer porque la sociedad se abalanza como la Santa Inquisición. Sí, me lo imagino como el México de los paseos por la alameda, o los círculos contrarios que se hacen en el andar de adolescentes alrededor del quiosco del centro, na más que allá el macho, tradicional y conservador ni con uno ni con otro sexo en público. Todos caminan por la calle, por la carretera, miles de gentes, ni en bicicletas, ni en combis (que hay), ni en coches. Caminan a paso lento, no al paso neoyorkino al que me acostumbré, se platican mientras cargan kilos de comida en sacos sobre sus cabezas, van lento porque van lejos. ¿A dónde queremos llegar nosotros con tanta prisa? Todos al final somos el tinte de los que vendrán después.

Me gusta imaginarme como un gringo visitando Tierra Caliente, que ve todo tan sorpresivamente rural, arcaico, atrasado, pero que tengo un as bajo la manga, mi México, los gringos que acompañé a las pirámides y paseé por Coyoacán sabiendo las historias, el sello del subdesarrollo y la lástima de los del norte, y sobretodo, la conquista, 1847, 1910… pues además de los asesinatos contra un grupo étnico especifico con intención de exterminarlo no hay que olvidar la colonización de los blancos bravucones, codiciosos y depravados.

Este mes entrevistaré alrededor de 50 huérfanos, dos por día, habrá preguntas de su infancia, de cómo sobrevivieron la masacre, de lo que quieren ser cuando sean grandes, de las razones, de los obstáculos para alcanzar su sueño, de lo que está por venir. Para dejar su historia inscrita en los anales de la humanidad.

July 3, 2007

Truth aside

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“Everyone tries to create a world he can live in, and what he can’t use he often can’t see. But the real world is already created, and if your fabrication doesn’t correspond, then even if you feel noble and insist on there being something better than what people call reality, that better something needn’t try to exceed what, in its actuality, since we know it so little, may be very surprising. If a happy state of things, surprising; if miserable or tragic, no worse than what we invent.”

“The Adventures of Augie March,” Saul Bellow

July 2, 2007

El día antes de partir.

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Son las 3:48 de la tarde, estoy sentado en la sala de un hostal de esos baratos para los que solo sirve quedarse una noche… Londres no decepciona, ni su comida India ni sus calles llenas de mujeres pelotudas, con un sentido de la moda golfezco, sucio y burdo, como las nalgadas que te dan sin preguntar, como la sonrisa que te regalan al volverse para despedirse después de una noche lujuriosa, sin inocencia pero con la mugre escondida bajo la alfombra que nos une.

En menos de cuarenta minutos partiré al aeropuerto, resalto las horas pues es el pasar del tiempo lo que mantiene mi mente ocupada, quiero salir corriendo de la puerta, tomar el metro, dejar todo atrás, como aquellos momentos antes de partir a tierras de Kanata, curarme del hastío, limpiarme del hedor que llevo dentro de mi por comer lácteos, pan y carne, darme un baño de otra realidad, despabilarme de la neblina que endroga y seduce los placeres de un cuerpo flácido acostumbrado al bien comer, el bien dormir y los ejercicios para hacerlo inútil pero estético. La regurgitación comenzó ya a notarse físicamente, dejo la piel, literalmente, pegada a la camisa, en las calles, en las sillas, en el sillón del café de la mañana, en mis manos que todo tocan, en el pasto, en la boca de alguien que camina con la boca abierta cual red para atrapar una de mis hojuelas de piel descarapelada por la ardida que me puse en Barceloneta. Hago ahora el viaje que tantos miles de otros hicieron al corazón de las tinieblas, de Londres al píloro de Africa.

Así que mudo de piel cual reptil rastrero sin patas como también mudo de continente. Seré un extranjero pero ahora de manera refrescante ya no ni en mi propio país, ni en las madres patrias, lo seré en lo espeso de la incertidumbre, en los oprimidos por los que fecundaron mi sangre y construyeron iglesias con los monumentos a sus dioses, los intercambiaron cual animales de carga, violaron a sus mujeres, rastrillaron sus tierras, magullaron sus mentes, envenenaron sus principios y volvieron sus deseaos rastreros –por lo menos. Seré para ellos uno más, un hombre blanco más, no importa para qué o a qué, seré lo que ellos quieran que sea y no tendré nada con qué defenderme, seré presa de sus juicios, sin poder hacerles entender que soy mexicano, heredero también de explotación y atrocidades sobre un pueblo cuya historia llevo cicatrizada en mi espalda, porque ni yo entiendo de qué pueblo estoy hablando y no sé hasta donde le pertenecí. Dejo pues mi dermis -como tratando de limpiar el lienzo en donde puedan ellos teñir su historia ya con caricias o arañazos-, como mi ofrenda… no estoy preparado para todo, pero me entrego como Grenoullie al festín.

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