Musungu
Después de tocar tierra (escala sin bajar del avión) en tres países -Italia, Etiopía y Kenya- finalmente llegué a Kigali, Rwanda. El subdesarrollo se acercó precipitosamente, conforme desciende el avión más me entierró en él, en algo que me imagino fue la ciudad de Chilpancingo hace 60 años, terrasería y fantasmas de La Revolución. Desde el avión a penas se veían montoncitos de chozas a cien metros de distancia de cada uno, de oscuras paredes y techos de palmera, entre ellas verde, mucho verde, y la tierra negra, no café como la nuestra. Pensé que tal vez es cierto que todos estamos hechos de barro y las tonalidades coinciden con la orografía de la tierra de donde venimos. Pero hacía falta algo, no había carreteras, los caminos eran a penas líneas de grafito y por la altura no podía juzgar si eran para caminar o para coches, después me daría cuenta que son para ambos y otros animales. La menguante distancia entre el avión y el suelo me hizo notar que no había cableado, ni de luz, ni de teléfono, vi Chalco en su opuesto ¿Agua y drenaje?
Para hacerme sentir el sabor de falta de etiqueta rigurosa mi maleta no llegó, después de hacer cola media hora dijeron que llegaría pronto: en dos días. Recordé entonces al hombre del mañana. Habiendo vivido un sólo tipo de subdesarrollo no me quedó más remedio que utilizar México como referencia. El clima es como Cuernavaca, pero ahora, en temporada seca, no llueve, la vialidad es cómo las Lomas, Bosques o Interlomas, llena de calles circulares que no tienen ningún orden o sentido geométrico, todo sobre colinas, pero las barrancas no están llenas de paracaidistas de entre Las Águilas y Plateros. La ciudad es sorprendentemente limpia, lo que podría pasar como sucio es sólo tierra, y verde y más verde, aunque la vegetación no es espesa, es bastante chaparrita, pero abundante y colorida, llena de vida.
Me recibieron gringos, que sin darse cuenta hacen comentarios arrogantes que cortan el subsuelo, abriendo llagas de escasez material, jurídica y pedagógica. Pero no se si esto sea peor a la exageración de su tacto que deja entrever un dejo de lástima, su condescendencia enferma, encerrados en su mundo, en suposiciones, en la idea que se crearon de lo que es Rwanda sin poder ir más allá de ellos mismos, ¿en qué idea viviré yo? De inicio se que no puedo escapar mis comparaciones con montañas mexicas y tal vez nunca lo deje de hacer. Pero debo decir que a mi me trataron muy bien, asumiendo que estaría acostumbrado a sus mismos placeres, a lo que ellos llaman necesidades básicas. Esta bien, lo admito, lo estoy, pero tengo ventaja sobre ellos, la que me dio mi tía Cucus en San Miguel de Allende, Toluca, mis visitas a Orizaba, Morelia y Guadalajara, mis tíos abuelos en Veracruz, Acolman, a veces Axiomiatla, Santuario, esa semana en Patamban, y la mitad de aquel año en Raleigh, mis baños de pueblo y carestía. Como en México, acá es barato sobrevivir como pobre, fácil morir como muy pobre y demasiado caro vivir como vivimos. Afortunadamente todavía no hay pobreza urbana, la diferencia está en los detalles.
En 1994 murieron 800,000 Tutsis a machetazos, pedradas, bastonazos, asesinados sin balas por sus compatriotas Hutus en menos de tres meses. Compatriotas ¿Qué significa ser de un país o de otro? ¿Tutsis? ¿Hutus? Cómo estamos casados con clasificar y que nos clasifiquen para hacer nuestra existencia sufrible. Visité una iglesia en donde se escondieron entre 5,000 y 10,000 Tutsis durante el genocidio, ninguno -hombres, embarazadas, niños, bebes, adolescentes, mujeres-, nadie sobrevivió la irrupción de un puñado de Hutus a lo que más tarde sería una fosa común de superficie. No narraré las atrocidades que sucedieron ahí, pero digamos que la Alhóndiga de Granaditas es un cuento de hadas, y que a Maximiliano realmente lo trataron como emperador cuando Juárez le cortó las piernas porque no cabía en el sarcófago estampado para Austria. Las manchas de sangre siguen ahí en sus paredes. Nadie habla del genocidio, pero está ahí, como la segunda guerra mundial está detrás de cada alemán. Ya todos son rwandeses, ya todos alemanes, ya no hay una y otra tribu, ya no se siguen órdenes por seguirlas. Eleanor llegó hasta aquí, como allá, y con ella el respeto a la vida.
La gente, sus ojos, sus miradas curiosas, el blanco teñido de sangre oscura, de opacidad, queriendo olvidar recordando. A diferencia de los indígenas mexicanos que visitan nuestras casas a cocinarnos, hacer la cama y criar a nuestros hijos, nuestros campesinos, estos te miran directamente, no agachan la mirada, tremendamente serios, sin sonrisas, sin furia, sin felicidad, pero estables, dueños de si mismos, en armonía con sus cuerpos que se cubren con telas que no les quedan bien sea el corte que sea. Todo inocente, bueno, noble de primera impresión, para usarse en ventaja y desventaja.
La danza y el canto surgen como chorros de agua de manantial, espontáneos, alegres, la vida lo llena todo, de aquí pa’l real. Los hombres se toman de la mano, caminan abrazados, bailan juntos, así está bien pero que no los vean con una mujer porque la sociedad se abalanza como la Santa Inquisición. Sí, me lo imagino como el México de los paseos por la alameda, o los círculos contrarios que se hacen en el andar de adolescentes alrededor del quiosco del centro, na más que allá el macho, tradicional y conservador ni con uno ni con otro sexo en público. Todos caminan por la calle, por la carretera, miles de gentes, ni en bicicletas, ni en combis (que hay), ni en coches. Caminan a paso lento, no al paso neoyorkino al que me acostumbré, se platican mientras cargan kilos de comida en sacos sobre sus cabezas, van lento porque van lejos. ¿A dónde queremos llegar nosotros con tanta prisa? Todos al final somos el tinte de los que vendrán después.
Me gusta imaginarme como un gringo visitando Tierra Caliente, que ve todo tan sorpresivamente rural, arcaico, atrasado, pero que tengo un as bajo la manga, mi México, los gringos que acompañé a las pirámides y paseé por Coyoacán sabiendo las historias, el sello del subdesarrollo y la lástima de los del norte, y sobretodo, la conquista, 1847, 1910… pues además de los asesinatos contra un grupo étnico especifico con intención de exterminarlo no hay que olvidar la colonización de los blancos bravucones, codiciosos y depravados.
Este mes entrevistaré alrededor de 50 huérfanos, dos por día, habrá preguntas de su infancia, de cómo sobrevivieron la masacre, de lo que quieren ser cuando sean grandes, de las razones, de los obstáculos para alcanzar su sueño, de lo que está por venir. Para dejar su historia inscrita en los anales de la humanidad.

Enfrentar nuestra realidad con otra, distinta- para no decir mejor o peor- siempre ayuda a entender y entendernos mejor. A ver en perspectiva, a abrir la mente y no encerrarnos en juicios de valor. Aprende mucho, más que para otra cosa, para tí… para crecer como ser humano. Mucho éxito en tu misión allá.
Comment by Azu — July 13, 2007 @ 2:25 pm
No manches Oso me quedo perfecta la idea de como es el lugar. Excelente narrativa. Te pone a pensar no es cierto? Tan distintos que somos por nuestras circunstancias pero al final siempre volvemos a lo mismo, todos queremos primero sobrevivir y despues llenar de sonrisas nuestras bocas.
Comment by Cesar Ayala — July 18, 2007 @ 3:24 pm