Abana
La camioneta noventera Nissan 4x4 se estacionó frente a la casa de los parientes de Annie, la esposa de Jean Baptiste. Una zanja de tierra de medio metro de profundidad bordeaba el terreno. Mientras el conductor, JB, y su esposa, Annie, entraban a la casa para comunicarles que habíamos llegado por ellos, Clementine (la gringuita güerita escuálida compañera de oficina) y yo esperábamos en el coche.
- “¡TSSSSSSSSST!”
Volteé a mi izquierda para ver quien hacía ese ruido.
- “¡MUSUUUUUUUUNGU!”
Un chiquillo de apenas cuatro años, mocoso, chorreado y descalzo me gritaba desde la otra acera como si se tratara de un juego de niños en el que yo traía la roña.
- “¡MUSUNGU! ¡MUSUNGU!”
En el momento en el que nuestras miradas se cursaron se quedó quieto y lentamente se dibujó una sonrisa en su boca. Le sonreí y regresé a mi estado previo con los ojos al frente.
(Un minuto después).
- “¡MUSUUUUUUUUUNGUTSSSSS!”
Una vez más voltee la mirada, pero ya no sólo era el rapaz original el que me contemplaba a 20 metros de distancia, alrededor de él se habían conglomerado cinco escuincles. Una docena de ojos me miraban impávidos, quietos, juguetones, y serios. Esta vez decidí devolverles no sólo una sonrisa sino un saludo con la mano, al ver aquel movimiento extraño reaccionaron rápidamente y se esparcieron por la calle como canicas cayendo de un saco roto.
No pasaron ni cinco minutos cuando me vi envuelto en el inicio de nuestro ritual una vez más.
-“¡MUSUMGUSTSSS! ¡MUSUNGU! ¡MUSUNGUTSSSS!”
Los veinte metros no eran ahora más que 10 y los doce ojos eran ahora 20. Todos detrás del chamaco aquél que lo había comenzado todo, un verdadero pequeño diablillo. Había niñas en vestidos grises que habían sido blancos para la primera comunión, había más descalzos y medio descalzos, huaraches y zapatos de charol sin brillo, trenzas destrenzadas, babas secas, y ojos contemplativos de todas las edades infantiles.
Los miré sin emoción. Me sentí como gorila de zoológico y como payaso de plaza pública a la vez. Tenía la obligación de hacer algo, un pequeño malabar o caras o magia. Algo que yo soñaba que hicieran los primates en Chapultepec cuando se quedaban ahí perezosos sobre el pasto y las ramas sin hacer nada. O cuando de niño deseaba que el mago me escogiera a mi para el truco. Así que salí muy lento para no espantar al puñado aquel de piernas nerviosas. Una vez afuera no lo pude resistir, lo tenía que hacer. Me puse casi en cuclillas di la vuelta estrepitosamente para encararlos, alcé mis brazos, abrí mis manos y di un alarido espantoso. Los hubieran visto correr, todos salieron volando menos el diminuto demonio aquél que lo había iniciado todo, el cual se quedo inmóvil, temblando de miedo, mirando para todos lados sin saber que hacer…

si te fijas bien, tienes muchas cosas…
Comment by Susana — July 20, 2007 @ 7:32 pm
great post.
Más cuando te imagino ahí haciéndola de mico… ja ja ja ja
Comment by Dalya — August 9, 2007 @ 5:22 am