Siguiendo el consejo de Antonio Ocaranza comencé a despedirme de Rwanda hace ya unos días. Mi cabeza está en otros lados, aunque mis pies siguen manchándose de roja tierra que se cuela por mis zapatos. Mi piel esta tatuada por completo con historias tristes. Mi garganta está hecha un nudo que tardará meses en deshacerse. Mi alma añora cordillera, árboles invadiendo el camino del sol sobre la calle empedrada, la lluvia de las seis de la tarde, el poker de los jueves, la cruda del domingo con narradores en las orejas, la película de los miércoles. Mi corazón… ¡Ah esa bomba que no puedo engañar! Ese ha comenzado a temblar. Sabe que pronto habrá que apretar, hacerse fuerte, porque se viene un flujo de sangre torrencial que amenaza con romper sus músculos, un río formado de miles de millones de gotas correlonas que convergen en un sólo lugar. Se acabó el aletargamiento, el escape, y aunque quiero resumir las cosas aprendidas estando aquí, se que la enseñanza más grande vendrá en oleadas, una aquí, otra allá. Recordaré Rwanda en mis sueños, en mis pláticas contigo y en mis fantasías diurnas. Llevaré el recuerdo conmigo a donde vaya, hasta mi lecho de muerte.
Al fin y al cabo, Rwanda no es para mi. Es hora de soltarse de la liana y atrapar la otra. Tal vez me caiga, pero no miro hacia abajo, visualizo mi mano asiendo la otra con fuerza y columpiándome al siguiente árbol. Uno más alto.
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Hace unas semanas pensé en escribir el siguiente extracto, me debatí. Pero como me siento un poco cínico y desesperado por encontrarle salida a mi ansiedad por no sentirme tan atraído al desarrollo de África y los pobres, aquí se los dejo.
“Without knowing it, that is how I looked at everyone who came into my life then. This wasn’t because I had no feelings. I wanted to know people. I wanted to love. But I didn’t realize how badly I had been hurt. I didn’t realize that my habit of distance had become so unconscious and deep that I didn’t know how to be with another person. I could only fix that person in my imagination and turn him this way and that, trying to feel him, until my mind was tired and raw.”
“Veronica” by Mary Gaitskill