A lo lejos, nunca jamás
Me duele todo. Por fin la perspectiva, puedo mirarlo más de lejos sin el olor impregnado de Rwanda en mi pelo. El viaje se hace más corto cuándo lo miro desde donde estoy. Todo en un suspiro de nostalgia, marca inconfundible de un alma desbalanceada. Puse el CD que me dio Eli cuando me fui a Europa el último día que estuve en 506 W 113th Street 3B, New York, NY. Arropado en el sobre verde con el poema en náhuatl que Solal me ayudó a descifrar, con el pajarito aquél translúcido posado en una rama y la ranura cortada en “V” para que pudiera sacar el disco delineaba la palabra “camino.” Hablé con ella desde JFK, imploraba, gritaba de tristeza y de dolor por la partida. Yo estaba demasiado confundido, las señales mezcladas no hacían merma alguna en mis lagrimales, ni en mi garganta, ni en mi mente. A fin de cuentas estaba sobre la plataforma de 10,000 metros listo para lanzarme al espacio y zambullirme en el futuro. Ella sería parte del pasado y como tal estaría condenado a rumiarla incesantemente en momentos de soledad y remembranza.
Después de un par de semanas me quite la piel de Eustacio convertido en dragón. Le escribí un correo deseando tenerla tendida junto a mi desnuda para que los dos nos perdiéramos en el mar sicótico de nuestros miedos. La respuesta fue tardía, común y asquerosamente corriente. Después del rasguño del miocardio con su “simplemente amigos” continué mi angustiosa lectura de la sombra del viento. Llegue a Barcelona para ser recibido con un silbido familiar, aquel que esperaba y hacía para llamar a alguno de los 12. El disco regalado se perdió en la mochila, no sé porqué no lo tiré después de que todas las canciones se marchitaron con la sequía de su respuesta. Regalé la novela carismática al ruiseñor que nada lee porque todo lo inventa en formas y colores para ser el campeón de El Borne. Después de recorrer la ciudad gótica y retocada de Gaudí viajé al pasado reciente en París donde no percibí que perdí a Leila posiblemente para siempre. Caminamos por otra ciudad amurallada atravesamos el canal bajo las aguas. Me despedí del alacrán colorado con una caricia a sus tenazas, lo único que se quedó colgado de un antojo que ninguno de los dos nos atrevíamos a saciar.
El vuelo a Rwanda… el CD seguía en la mochila. Conocí al sastrecito la primera noche loca en la que bailé con rwandeses más cerca y sudoroso de lo que jamás me hubiera permitido en la cárcel moralina de México. Un par de buzos con él en la orilla más profunda de la alberca de los recuerdos fueron suficientes para convencerme que tenía que estar más cerca de su gente y me mudé a Kimihurura. Ahí conocí a Moriaha, alias “La Normita” por su inmenso parecido a mi cuñada. El sastrecito resultó ser el mejor amigo de la infancia de Eli, después el dueño del CD, aquél que cedió a Moriaha para que lo usara a su favor si alguna vez la común y corriente, la gris, amenazaba con meterse con el sastrecito. Así pasó el tiempo entre sábanas de satín y almohadas de pluma de ganso. Entre regaderazos de agua fría frente al espejo debajo del boiler, aullidos del más pequeño en kenyarwanda, cenas los domingos y copas de vino tinto en caja todas las tardes. Dos semanas de saber lo que quería, de haberme encontrado como musungu en medio de remolinos de tierra roja escoltada de parvadas de halcones ante miradas de sentimientos primitivos que atraviezan retinas y se incrustan en la corteza frontal. Último par de semanas de hastío y cinismo que provocaba náuseas a una Rwanda lista para vomitarme. La condición de Santiago, la promesa de la tierra de bueyes.
Tres días en México: Caro, Papás, Liv en el Gato Negro, Gustavo, Papás, Liv, Papá José Ignacio, Daniel, Diego, Mariana, María, Iñaqui, Brenda, María Fernanda, Cote, Ana Paula, Iñaca, Mauricio, Adrián, Tía Lupe, Alina, Poly, Mamá, Papá, Poly y yo en la cocina, Claudio y Angie, Rocío, Tía Alice, Tía Berta, Papá Román, Mamá Elodia, Paco, Fox, Olvera, David, Chema, Armando, Mari Mar y Olvera, Erika, El Match, Mamá. Avión. Santiago.
En un hotel de Santiago pongo a sonar las canciones del CD de Eli grabadas en la computadora. Chile traumatizado por el primer 11 de septiembre y toda la indigestión que provocó. Reservados, clasistas, tímidos y prepotentes. Así, como archiduques de la conquista, una tierra de 16 millones de habitantes. Una franja andina que sólo los más locos y obstinados aventureros europeos se atrevieron a doblegar. El eterno escrutinio, para todo te piden identificación, un número, sientes una pequeña ráfaga de lo que pudieron haber sido los toques de queda y las desapariciones forzadas. Aquí le lloran todavía y le escupen todavía, le avientan rosas y piedras. Perdieron dos décadas de liberación. Las modas son las patinetas y los punks. Raro. No queda dentro de una ciudad desarrollada en el país con la tasa de crecimiento más alta de Latino América. No saben como ser rebeldes, o no se atreven, les extirparon el nudo de nervios estrujados que provoca brincarle. Es una mofa que sólo ellos se creen. Aduladores de culturas europeas, machistas tan enraizados que no se dan cuenta dónde cabe la inequidad de género. Europeos del año 1850, taciturnos. Lo social está muerto: (dormir ocho horas, correr, desayunar, metro, trabajo, metro, casa, cenar, tele, dormir)^n
El trabajo me desespera, la condición es grande, la diplomacia es mayor. Me siento como elefante en cristalería. Me aburro. Pero es la condición. Después la tierra de los bueyes con la mejor educación del mundo. Eli sigue sonando en la computadora y mis latidos y mis pensamientos vuelan a todas en todos los hubieras de todos los cuentos de nunca jamás.
