Una manita por ahí tensó la cuerda del papalote
En un libro de casi historias escribe Murray Bail sobre el llanto de una bella australiana de pequeñas manchas:
“And tears began their rise, from the warm well of them, not far within, a transparency of emotion, of all she was helpless about just then. These tears reached her mouth first. She held them back. She gasped and bit back these tears. So they returned to her eyes, which were already blinking, ready to flood. Almost immediately she opened herself, and felt the unraveling of her solid difficult self, all those confusions, into soft transparency, release in the form of obliviousness. Besides, there was nothing else to do.”
Eucalyptus – Murray Bail
El llanto por el ocio. Pensar en todo lo que no somos, en el espacio que no podemos llenar. En las experiencias que jamás tendremos. De ponto pequeños, pequeñitos, hasta caber en la entrada a un mundo de fantasía en donde no somos todo lo que queremos ser. Se nos abalanzan mil demonios desalmados cual aves de rapiña esperando torcer nuestra esperanza. Cadáveres huecos caminamos esperando ser llenados de lo que no tenemos. Mientras menos tenemos más vacíos nos sentimos y más queremos. Un eterno hoyo negro de lo inasequible.
Desde allá, allá arriba, a lo lejos, nos miramos diminutos. A penas una manchitita en un punto entre miles de millones de puntos. Luchando, empujando, batallando, temblando, parando, despidiendo energía, queriendo llegar. Pero sin dirección nada se tiene.
Después de seis meses de eterna batalla entre mi realidad manufacturada y la realidad, creo que mi espíritu por fin regresó a mi. Empezó ya a caer, por así decirlo, dentro de mi. Yo siento la caída lenta, pero probablemente después, más allá, a lo lejos, parecerá que se estrelló contra mi relampagueante.
Mi paladar comienza a degustar sabores que tenía por ahí escondidos. Saben a mí. Me reconozco en mis recuerdos, cuando inició el bien y el mal y cada vez que sus papeles cambiaron. Desde ahí observé la evolución de un camino sinuoso por uno de los rumbos del quinto infierno. Por lo menos, ya sé porqué rumbos ando, y no es la primera vez que paso por aquí.
Me reconozco fuerte. Pero mi fortaleza no se ve en mi firmeza ni en mi estructura ni en mi dureza. Mi fuerza se ven en mi debilidad. Me acepto limitado. Me acepto con miedo por ser limitado. Lo que yo creía que era no es, pero algo tengo.
Estoy en pausa. Creo que esperando a mi alma que todavía caminaba por Kimihurura cuando yo ya estaba en Providencia (¡Qué ironía!). Ya cuando me quiso alcanzar en Los Andes ya estaba yo a los pies del Ajusco. Para cuando ésta llegó ahí, yo ya estaba en la calle Botley.
En mi atenta impaciencia busqué por largo rato dónde se había perdido mi realidad. Era como un cuerpo sólido forzado a vivir entre espectros fantasiosos, en lugares mágicos, tenebrosos, dónde la lógica es la villana y todo lo demás es el héroe. Creo que en uno de los cambios de papel entre el bien y el mal algo salió mal para el bien, o me confundí, y lo aprendí mal.
Ahora llega a mi como super poder el lento asentamiento de mi alma en mi cuerpo. Cómo un aliento espiritual gradual. Habrá que sostenerlo con mucho cuidado.
