El tiempo te ha convertido en sueño, eres sólo un vago recuerdo en mi cabeza, es más, ni eso, eres tan sólo un impulso electrónico llevado a cabo por unas insignificantes células en mi cerebro, un impulso biológico explicable, simple, nada más. Encuentro placer en recibirlo, provoco que las células interactúen para que creen en mi mente tu imagen, esa imagen de ti caminando hacia mí sonriendo, ¡Qué imagen tan bella! La empiezo a extrañar sabes, ya no es tan nítida y definida como antes, comienza a desvanecerse, se desgasta. ¡Tontas células! ¡Se supone que son mis súbditas! Están ahí para cumplir mis caprichos, para crear o deshacer pensamientos, imágenes o cualquier cosa que se me ocurra, en el momento en el que se me dé la reverenda gana ¡Estúpidas! ¡Ineficientes! ¡Flojas! Me enerva la rabia que siento por su imperfección, su perfecta imperfección, la única que me consuela. No mueran, quédense un poco, tráiganme mi consuelo, tráiganme su rostro, su sonrisa, sus caderas, su voz. Su dulce voz.
Intangible, sin embargo, vagas en ideas abstractas que representan el olvido disgregado esperando a ser recordado. No quise verte durante un largo rato. No quise imaginar, estaba horrorizado con la probabilidad de poder tenerte atascada en mí. La vida llena de distracciones me dio el respiro que necesitaba, pláticas vacías agonizando en su intento por parecer trascendentales; la diversión comprada, la más vil, llenó mis espacios indiferentes; la dedicación se volvió en obsesión y la soledad y el ocio eran la oscuridad que me atrapaba y clamaba tu luz abrasadora. La infalible verdad con la que me enfrentaba me orilló a evitarle, a evitarte. La verdad me persigue -acsecha las huellas que dejo- tantas veces confirmada en vuelos pasados, horrenda y difícil de aceptar: te extraño.
Esta nota a mi consciente revolvió mis entrañas, hizo hervir mi sangre y apretó mi cerebro creando la más codiciosa de todas las migrañas; no le bastaba impulsar la catarata de jugo gástrico que salía de mi boca, hizo las caras sombras y las voces llantos. Hundido, temblando de frío y manchado de vómito, mi cabeza deja ya de palpitar, el reflejo en el baño se muestra pálido y maguyado, la luz entreabre mis ojos de murciélago saltados y ojerosos. Por primera vez la pestilencia deja florecer su hedor, la cara se hace nítida y el gemelo se lava, se seca y desaparece. Un bulto en calidad de capullo esta en la cama, oscuridad y silencio totales, el ambiente acostumbrado, tiempo ahora.
Finalmente el purgante de la realidad mostró su resultado, ceder a ti, a tu concepto en el limbo de mis sueños y esperanzas, no pude escapar a mi neurosis, fui presa de mi deseo escondido ,¡imagina yo el cazador y la presa! dualismo sin escape-, predecible por antiguo, nuevo por la sorpresa de su recurrente incitación a idealizar, su visita siempre inesperada trae un aire de cambio: un cambio ya explorado, conocido y sufrido, sin sentido alguno pero presente como el sol que pica y enrojece.
Al fin la neurosis desapareció con tu invitación a mi vida: la aceptación consciente de tu presencia, una invitación comprometida. La puerta esta abierta y el futuro toma su cualidad más extraordinaria y enigmática: la incertidumbre. Quisiera poder encontrar en lo empírico algún método, algo que me haga encallecer en la racionalidad de los hechos, una ley natural invariable por la comprobación observada de su repetición. Lo único que me deja la experiencia es tu olvido tantas veces recordado. No existe tal ley. Estoy abierto, nada me cubre, la vulnerabilidad fue escogida. Las condiciones hostiles del medio donde no estas tú son las visitas que se cuelan al banquete, la mesa esta puesta.
Las lágrimas pasadas se evaporaron en mis mejillas y regresaron a mis ojos para volver a ser lloradas, regresan con suspiros, los que las mantienen en sitio para que no sean nada. No sé dónde esconderme; a ti no te tengo, a mi no me encuentro, los demás… a ellos no los creo capaces de conocerme, no confío en sus miradas juezas y en sus muecas prestadas. Busco el consuelo del vientre de una madre, la libertad absoluta, el eterno sentimiento de comodidad en aparente soledad.
No es la primera vez que creo estar enamorado de alguien, ahora de ti, el ideal de la relación perfecta, del amor inagotable y todopoderoso. Las casualidades recibidas son transformadas en boyas que guían mi camino, como signos que justifican mi aventura en un mar impredecible. No es la primera vez que duele verte y no poderte tocar, seguirte con la mirada esperando encontrar la tuya y no encontrarla. No es la primera vez que hago lo imposible por tenerte cerca. Observarte caminar desde atrás e imaginar la redondez de tus caderas, oler tu cabello y acariciarlo con mi cara, asomar mi cabeza entre tu cuello y tu hombro para darte un beso en la mejilla; sentir el ambiente que creas a tu alrededor con esa seguridad que te dieron las victorias de relaciones mal terminadas; tu andar armonioso con una aire de dignidad que sopla desde tu pecho levantando tu barbilla; y la atracción inseparable que emana de estas formas en las que te llevas.
Como ves, no me queda nada más que recordar. Recordar lo que puedo hasta regresar al punto en donde sabía quién eras. Tengo fija en mi la necesidad de pertenecer, saber que no estoy flotando indeterminablemente en espacio de pensamientos. Necesito algo tangible que me haga sentir, que ponga un marco a mi alrededor para que mi movimiento sea identificable, te necesito a ti. La base donde encuentro mis raíces, suelo que me nutre y sostiene, pero no debe ser cualquier suelo, debe ser el tuyo pero… ¿Cómo saber que es el tuyo si ni siquiera sé quién eres? Debo esforzarme por recordar, recuerdo cuando aún no me lo decías, recuerdo lo que pensaba cuando te conocí…