Digestión

July 19, 2007

Abana

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La camioneta noventera Nissan 4x4 se estacionó frente a la casa de los parientes de Annie, la esposa de Jean Baptiste. Una zanja de tierra de medio metro de profundidad bordeaba el terreno. Mientras el conductor, JB, y su esposa, Annie, entraban a la casa para comunicarles que habíamos llegado por ellos, Clementine (la gringuita güerita escuálida compañera de oficina) y yo esperábamos en el coche.
- “¡TSSSSSSSSST!”
Volteé a mi izquierda para ver quien hacía ese ruido.
- “¡MUSUUUUUUUUNGU!”
Un chiquillo de apenas cuatro años, mocoso, chorreado y descalzo me gritaba desde la otra acera como si se tratara de un juego de niños en el que yo traía la roña.
- “¡MUSUNGU! ¡MUSUNGU!”
En el momento en el que nuestras miradas se cursaron se quedó quieto y lentamente se dibujó una sonrisa en su boca. Le sonreí y regresé a mi estado previo con los ojos al frente.
(Un minuto después).
- “¡MUSUUUUUUUUUNGUTSSSSS!”
Una vez más voltee la mirada, pero ya no sólo era el rapaz original el que me contemplaba a 20 metros de distancia, alrededor de él se habían conglomerado cinco escuincles. Una docena de ojos me miraban impávidos, quietos, juguetones, y serios. Esta vez decidí devolverles no sólo una sonrisa sino un saludo con la mano, al ver aquel movimiento extraño reaccionaron rápidamente y se esparcieron por la calle como canicas cayendo de un saco roto.
No pasaron ni cinco minutos cuando me vi envuelto en el inicio de nuestro ritual una vez más.
-“¡MUSUMGUSTSSS! ¡MUSUNGU! ¡MUSUNGUTSSSS!”
Los veinte metros no eran ahora más que 10 y los doce ojos eran ahora 20. Todos detrás del chamaco aquél que lo había comenzado todo, un verdadero pequeño diablillo. Había niñas en vestidos grises que habían sido blancos para la primera comunión, había más descalzos y medio descalzos, huaraches y zapatos de charol sin brillo, trenzas destrenzadas, babas secas, y ojos contemplativos de todas las edades infantiles.
Los miré sin emoción. Me sentí como gorila de zoológico y como payaso de plaza pública a la vez. Tenía la obligación de hacer algo, un pequeño malabar o caras o magia. Algo que yo soñaba que hicieran los primates en Chapultepec cuando se quedaban ahí perezosos sobre el pasto y las ramas sin hacer nada. O cuando de niño deseaba que el mago me escogiera a mi para el truco. Así que salí muy lento para no espantar al puñado aquel de piernas nerviosas. Una vez afuera no lo pude resistir, lo tenía que hacer. Me puse casi en cuclillas di la vuelta estrepitosamente para encararlos, alcé mis brazos, abrí mis manos y di un alarido espantoso. Los hubieran visto correr, todos salieron volando menos el diminuto demonio aquél que lo había iniciado todo, el cual se quedo inmóvil, temblando de miedo, mirando para todos lados sin saber que hacer…

December 31, 2006

Cinco años después

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Ví a Vanessa, la que inspiró La Invitación, cinco años después, sólo salimos a cenar y a una exposición de arte (del hermano de su novio, jajaja). Le marqué del aeropuerto para despedirme, lloró horrores, pidió que me quedara unos días más, me dijo que me quería… esté es el último mail que recibí de ella:

No puedo creer que te fuiste,

Tengo tanta rabia que perdi tu llamada, queria despedime por lo menos por telefono.

Te llame al hotel toda sentimental ,porque en el cd que me dejaste hay una de mis canciones favoritas (el elejido) hasta que se me aguaron los ojos..,y cuando me direron que ya habias hecho el check out me dio mucho sentimiento. A penas esta manana estaba asimilando mis recuerdos y el hecho de que estabas aca. Siento que no hablamos ni compartimos sufiente y apenas me estaba recordando de lo especial que eres y de lo bien que me siento cuando comparto contigo. Anyways………… creo que me dejaste muy triste.

Bueno me da mucha alegria que seas y estes tan lindo como siempre…. Espero que todos tus problema “existenciales” tengan un final feliz, lo cual no dudo. Acuerdate que de porsi ya eres muy persona especial & diferente y eso hace las cosas mas complidas en tu cabeza.

Besos
Vanessa.

Esto es lo que yo le contesté:

Hola Vane,

Pues supongo que si te estoy escribiendo es porque sigues siendo parte me mi imaginario idiotizado con la idea tuya. Así como a ti te cayó el viente de que estaba ahí el día que me fui, supongo que a mi me ha caido ahora. Eres la niña con la que me hubiese gustado compartir muchas cosas y cuando digo esto lo digo al aire porque no tengo la lista de las actividades específicas que completar contigo. Aunque han sido semanas ahora y siempre amenazan el olvido y la disipación a lo que sentimos cuando nos vimos y de todo lo que revivimos cuando nos hablamos, el retumbar de ti sigue en mi corazón. No sé que fue peor, tal vez haberme quedado un rato más hubiera terminado de matar ese recuerdo tuyo que a penas y respiraba, cansado de las inumerables visitas que le hacía buscando algo contra que comparar lo que tenía, la estocada dada por la cotidianidad, la aplastante monotonía habitual de lo real. O tal vez hubiera sido aún más espantoso, horrible, espelusnante ¿qué tal si con tres días yo sí me puedo enamorar? Para eso no se necesita más que una sola persona, se necesitan dos para amarse, pero para enamorarse basta un corazón suspirante de cualquier gesto para convertirlo en bandera y morir por ella. El caso es que no hubo tiempo para ni una ni otra, lo único que sucedió fue un electroshok que aceleró las palpitaciones de aquel espectro de cinco años que me acompaña en todas las asañas Don Juanescas en las que me embarco. Todo volvió, volvió tu recuerdo extraño y amigo, tan incompleto como nuestros encuentros. Y no sé, tal vez sólo hable por la inspiración arrojada desde el fondo de mi inocencia pero lo cierto es que confirmé tu existencia, y no fue sólo tu risa y tu cuerpo, la belleza estética, fue todo lo demás, fue el llevarme contigo como siempre y como nunca, cómo creí que nos podíamnos llevar en un sueño que tuve hace media década, un sueño hoy revitalizado.

Vane, realmente no supe que pensar cuando escondiste tus lágrimas y tu petición de quedarme bajo el manto de la hipersensibilidad provocada por las hormonas. No sé si pude estar más al descubierto y haberte dejado entrar más en mi, realmente no sólo acelerar el ritmo del corazón de aquel recuerdo, sino prepararlo, erguirlo, ejercitarlo para que pueda aguantar el tiempo hasta que nos volvamos a ver, o aún más, enseñarlo a resistir tu ausencia el día de nuestro reencuentro que no vendrá nunca. Ahora en una etapa de mi vida por terminar empalmada con una que comienza me aferro a ti como salvavidas para flotar en este mar de olas combativas, flotas fija al fondo de los recuerdos, me mantienes sobre el agua y sirves de guía para delinear aquella foto de un amor plátonico que jure muerto.

Niña, sin permiso me he adueñado de ti para que te conviertas en mi musa, disculpa mi irrupción mal educada, pero ahí, en ese jardín que podo y riego con tu memoría, en el rinconcito aquel, abajo y a la izquierda en mi cerebro, te quiero como a nada y eres la reina de todo lo que hay en él,

Juan Pablo

¡¡¡¡INTEEEEEEEEEEEEEENSSSSSSOOO!!!!

La Invitación (Capítulo Final)

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La frontera se hacia más grande, nada lograba que eso se detuviera, no importaba cuanto llorara ni cuanto me estremeciera, el avión seguía su curso. Vacíos llenaron el regreso, mi mente se quedaba contigo, viajaba por las calles a tu lado, volvía a ver la película de terror que nos llevo al contacto, escuchaba las canciones en tu cuarto, besaba tu hombro y probaba el helado de ese mismo día ahora tan distante. La gente que me recibió no eran más que sombras, la oscuridad me abría los brazos mientras despedía la luz que caminaba en sentido contrario dándome la espalda. Era preso de la incomprensión y la indiferencia. Ya no importaba para nadie lo que había pasado, lo importante es que estaba de regreso, proyectado en la monotonía, la sociedad predecible y la cárcel que reducía mi libertad a acordarme de ti.

¿Quién eras?

La Invitación (Capítulo 8)

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La madrugada vino rápido, el día se iría más de prisa. Los últimos toques para mi partida habían terminado; la maleta hecha, los cajones vacíos, la solemnidad con la que había encontrado aquel cuarto entraba de nuevo hasta regresarlo a su forma original. El impacto de mi existencia sería lo único que guardaría esta ciudad de mí, algo que sería como ella quiera que sea.

Las 11:00 y aún no llegabas, tal vez nunca lo harás. Esperé 15 minutos antes de ver tu figura flotando por la banqueta caminando hacia mí. Llegaste alegre y sonriente justificando tu tardanza nerviosa por la posibilidad de que yo te reclamara, se te olvidaba que el tiempo era demasiado corto. Corrimos hacia la despedida antes de que las manecillas del reloj nos alcanzaran. La fantasía comenzaba como una carrera.

Gasté mi último centavo invitándote a comer a un lugar decente buscando ser diferente. Resolvimos los problemas superficiales que pareciera que estorban en el proceso de conocerse a toda pareja, eras Libra, te gustaba la pasta, escuchabas música de películas, te derretías con las noches estrelladas y te divertía conocer gente. ¿Qué diferencia hacía? ¿Realmente cambiará las cosas si una pareja no comparte este tipo de cosas desde el inicio, será tan trascendental? Esta pregunta como tus respuestas eran irrelevantes, servían para llenar el espacio entre nosotros, lo importante era estar juntos.

Pasamos por la Catedral y el bulevar lleno de ambulantes que coloreaban la calle con sus dibujos, sus gritos y espectáculos temerarios. El sol iluminaba la ciudad dejando ver cada hueco y cada rincón de los edificios. El bullicio de la calle retumbaba en las paredes y seguía el curso de las avenidas hasta que se morían a la distancia. Nuestras pláticas y nuestras risas acompañaban a todas las demás voces que se reunían en ese lugar, destinadas a ser llevadas lejos y a no ser escuchadas más.

La plática se hacia más seria, tu me contabas de tu casa, de tu familia y de las emociones que habías sufrido en tu infancia. Yo te contaba de lo mío, de mis sentimientos y de mi innegable sensibilidad hacía las situaciones intensas. Caminábamos físicamente esa tarde pero nuestras palabras nos llevaban a compartir los pasos de algo que se elevaba más allá de nuestra imaginación y tocaba en el pasado envolviéndonos en nostalgia.

Habíamos dejado de correr, la pausa entre el adiós y el inicio hacia el tiempo eterno. El helado que me dabas en la boca la llenaba de dulzura, tu mirada en mis ojos se quedaba un segundo más y la memoria retenía todo para que estuviera accesible cuando ya no fuera más. La ciudad moría con nosotros esa tarde, un día cualquiera para las casas, las árboles y las nubes que pasaban de largo. Para nosotros era el final.

Una banca fue el recipiente de los sentimientos que emanábamos, el Ave María era interpretada por un trío que amenizaba a la gente de la plaza, ahí nuestros corazones dieron el primer paso hacia distintos lugares. Dejamos el trío atrás y los aplausos de la gente nos siguieron hasta la estación del metro, tomaste mi brazo y tu cabeza encontró su apoyo en mi hombro. Sacábamos palabras para afirmar nuestra presencia, mientras nuestras mentes no eran conscientes de lo que ocurría, nuestros corazones lo sentían. Bajamos del metro para despedirnos, yo debía seguir unas cuantas estaciones más, a ti se te hacía tarde. Un abrazo disuelto en un segundo no dio tiempo para que el llanto entrara. Adiós.

La Invitación (Capítulo 7)

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La fiesta comenzaba las nueve, llegue las 10:30. Estabas tu ya ahí, pero no me abalancé a saludarte, supuse que tu ánimo al verme sería altanero y discriminativo, pues ya, lo había hecho, habías quedado como la vencedora irrefutable. Yo, perdedor, esperaba la mirada barredora y la actitud de amo que tendrías sobre mi, yo para ti era un subordinado.

Era mi última noche, no la iba a desperdiciar contigo, no con alguien que no viera el fondo de lo que había significado el tiempo que estuvimos juntos, el fin compartido y la mentalidad tan irremediablemente análoga. Yo no iba a ser subordinado de nadie.

Saludé a toda la gente con la que había cruzado mi camino durante ese tiempo, reí con ellos, bailé y canté también. Sentía tu mirada a cada movimiento que hacía, varias veces sorprendí tus ojos mirándome, al descubrirte volteabas a cualquier lado para no hacer obvia tu atención. Caminé hacia tu mesa, te saludé y a todos los demás por igual. Note que tu cabello ya no era aquel rebelde incisivo e indomable, lo habías transformado a seda, también te habías maquillado, eras como un sueño caro y brillante en medio de sombras que hablaban alto y se movían desordenadas. Sentí como la música pasó al trasfondo y las risas se alejaban de mí, mis sentidos eran tuyos.

Tome la cerveza de la mesa para brindar, lo dije en voz alta y volteando a ver a los demás, ni siquiera me dirigí a ti, seguía aparentando mi desinterés. Antes de que pronunciara palabra tu eras la única que tenía la copa levantada, nadie más me había prestado atención. Te miré directo a los ojos y escondiste tu cara bajo tu manto liso, yo seguía mirándote, resignada volviste tus ojos a los míos y así comenzó nuestra noche.

Bailamos, me prestaste tus manos, tu cintura y tus brazos. La velada se convirtió en una fiesta de caricias y tentaciones, eras mía, no te diste por un segundo a nadie más, un metro de distancia entre tu y yo era muy frío. Caminamos por los faroles de la calle, salimos a comer pizza y te dediqué una canción. Bailamos en las banquetas, cantamos canciones sin letra y cruzamos miradas interminables. El frenesí continuó en un limbo sin tiempo sin distancia, un abismo eterno de pasión desmesurada y sueños.

De regreso de la pizzería a la fiesta ya todo había terminado, la gente ávida de más buscaba algún bar perdido que siguiera abierto, no hubo tal cosa. La noche una vez más despedía a bailares expertos y cantantes desentonados para darle entrada la cotidianidad. La corona del Sol se asomaba por encima de los edificios, era ahora el tiempo, debía irme a empacar y a dormir, tenía que tomarte en mis brazos y soltarte para que te escaparas y sólo quedará el impacto de tu proyección en mi cortreza frontal.

Nos salvamos una vez más. Caminamos hasta tu casa y dormí en tu sofá. Te esperaría a las once de la mañana del día siguiente enfrente de la plaza para almorzar. Mis últimas horas serían las primeras contigo, empezar algo para que terminara antes de continuar; alargando aún más el inicio, haciendo crecer la agonía.

La Invitación (Capítulo 6)

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No hice nada, no mostré las ganas que tenía de tomarte, apretarte y exprimir tu último respiro, para quedarme con tu soplo de vida, si no con tu olor o, por lo menos, con el tacto de tus labios. Por dentro sólo un diminuto grano quedaba del polvorín, afuera era invierno.

Dispuesto ya al final, desististe en tu intento por quebrarme y caminamos hasta tu casa, tomaste una pastilla y tu infierno se derritió. Hablamos, escuchamos y reímos. Por primera vez habíamos probado el trago amargo de la despedida, el nudo en la garganta que cerraba la esperanza y, necios, decidimos alargar la función.

La tensión en el aire cambió, ya no se respiraba aversión. La llave a nuestra persona se abrió y gota a gota compartimos penas y temores. Ya no eras un personaje más, eras tu, con tu historia. Las cicatrices ahora eran explicadas, el muro se transformaba en cortina, la cortina en vidrio y finalmente en aire. Tocamos y entrelazamos un hilo de recuerdos. Un hilo bastaba, un hilo era suficiente, un hilo no era necesario.

Al final del susto, recobramos nuestros sentidos, el balde de agua fría estrellándose sobre nuestros corazones desnudos nos hizo temblar, corrimos con nuestras manos para cubrirnos fingiendo estar a tiempo. Demasiado tarde, tu hipersensibilidad escondida ya no era más una sombra, tu sabías de la mía también, sin embargo, la arrumbaste en el rincón de nuevo para que se mimetizara con tus otros secretos. Yo no te seguí, la deje afuera, deje que brillara en mis ojos, que se mostrara tal cual fuera. No me importaba cerrar la puerta.

Entonces lo dije, no cerré mis ojos, ni hablé en voz baja, lo grité, abrí bien la boca para que fuera claro: ¡me gustas! Lo dije ¡Me gustas, me gustas, me gustas, me gustas, me gustas! Dejé de aferrarme, me dejé caer de ningún lado para llega al mismo lugar. Ya no tenía en que refugiarme, ya no podía regresar lo dicho, me habías escuchado, al menos oído. Y tu, tu fingiste, muda, tiesa, sonriendo, era yo ahora el bufón ¡Y qué bufón era! Lo hiciste evidente, había caído, me había partido el cuerpo con el suelo.

Mis axilas se sentían frías, mi cabeza liviana me aseguraba que estaba pálido, ahora rojo, después… quien sabe, pero a mí me importaba. Atrapado en su terreno, no quedó más que insultarme y poner mi cara de idiota. Salí de ahí no sin antes decirte que yo no valía la pena, que tu nunca te fijarías en alguien como yo, te convencí de lo que tu querías convencerte. Absorta en tu mundo y regocijándote de tu hazaña, decidí hacerte reír otra vez invitándote a la fiesta, como era de esperarse, aceptaste, pues yo era nadie.

Por fin había sacado al parásito, a mis sentimientos, y me fui cantando hasta la estación del metro. Estaba en paz.

December 30, 2006

La Invitación (Capítulo 5)

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Un día más tarde un instante más temprano, caminé el pasillo que me llevaba hasta tí una vez más. Ahí estabas tu, dentro de tu papel, sin derramar una gota que diera indicios de engaño. Mi saludo fresco y yo caminamos hacia ti, casuales, tan perfectos, que no podríamos existir por nosotros mismos. Envolviéndote en tu cuerpo decidiste mover de nuevo, sin embargo esta vez no hubo en mi ni siquiera indiferencia para sostener tu jugada: sin necesidad del tacto te deje caer de bruces y, encima de todo, lo hice evidente haciendo mofa de tu atrevimiento; inclinar tu cuerpo hacia delante con esa playera escotada, recargando tu pecho sobre tus brazos que se cruzaban debajo de él. Creías que era tan estúpido, tan perdido en la inocencia para seguir escondiendo mi cara enrojecida por debajo del cuello de la camisa ¡Alto! ¡Ya no más!

Aunque seguías fingiendo ser inmune, queriendo hacerme creer que nada había pasado guardando la estocada bajo tu sonrisa chueca y quebradiza. Sabía bien que habías absorbido el golpe, estaba seguro que no me dejarías ir -después de dejarte en evidencia- sin algún escarmiento.

¿Qué había hecho? No sabía si de alguna manera había aumentado el nivel de la contienda o, tal vez, la había matado. El aire se sostenía sobre una charola invisible en el vacío. El día siguió como debió haber seguido, ya ni siquiera gastaba mis pensamientos en tu causa, menos aún en tu efecto, la vida era mía, ya no te pertenecía más, me había liberado del yugo de tu incertidumbre, podría hacer lo que quisiera, salir, bailar, gritar, correr, caminar hasta donde decidiese. Después de las tres horas de suculento libertinaje, mi cara se volvió al oír que alguien vociferaba mi nombre, me informaron que me estabas buscando.

Mi mundo perfecto en donde yo era mi propia voz y mi guía de pronto cayo y se estrelló en el fondo de la nada. De nuevo era la presa fácil que por gula habría de perecer, comenzó pues la búsqueda. Zorro y cazador se dieron a la carrera para encontrarse. La curiosidad del animal por fin venció su instinto de supervivencia y se lanzó al cazador para ser mazacrado.

Te despedías, decías adiós, que te marchabas a casa, que no nos veríamos más tarde por tu malestar, estabas enferma y no tendrías intenciones de asistir a la fiesta por la noche, querías decirme que ya no serías más, que lo que eres, no era tanto, ni ahora ni nunca.

Con mi cara de hielo y mi corazón de polvorín aparentando ser piedra, dije adiós, pedí prestada la cámara de alguien para congelarte en un papel que nunca le haría justicia a tu imagen. Era el adiós el as bajo la manga que nunca le vimos a nuestra historia

December 28, 2006

La Invitación (Capítulo 4)

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Salimos otra vez, ni siquiera icé la bandera blanca, tal era la importancia de lo que había sido mi credo. Decidí envolverme en mi para preparar la retirada. Tu no eras más que una figura estética que daba vueltas en una realidad onírica. Lo importante ahora era ver como enfrentaría el destino que me esperaba lejos de ahí. Ser responsable fue el evangelio que envió mi razón y tan fácil es ésta que decidí tomarlo sin cuestionarlo, solamente seguiría lo que dictaba y me conformaría con su lógica pragmática.

Patinamos toda la tarde, pensé que tal vez serías mala y necesitaras de mi ayuda para sustentarte, no fue así, resultaste ser una gota que se deslizaba sobre el concreto, fluída y ágil. ¡No más por favor! No más esperanzas, no quiero seguir creyendo que algo puede suceder y que no suceda. Sin embargo es inevitable. La apatía no consistió en no querer que algo sucediera para acercarnos, el deseo estaba ahí: la apatía era hacia la lucha entre los dos, hacia las máscaras que no hacían más que complicar.

Un helado después caminamos juntos hacia la catedral, hablábamos de cosas que ya no significaban nada. Intentabas descubrir porqué había cesado de jugar con una curiosidad felina, tan tierna, tan inocente, tan bien representada, tan falsa. La pelea se había transformado en fumarola y fue dispersada por los vientos que anunciaban mi partida. Al no tener rival no puede haber confrontación, no hay, por lo tanto, tregua, todo se transformó en polvo, no quedó nada. Soltabas carnada para que yo picara, no había para qué, no quería seguir, se me hacía tan estúpido esconder un fin tan loable en redes infames; engañándonos y mostrándonos como algo que no somos para incitar al otro a creer en esa falacia y darlo así como descalificado para compartir algo más que esta trifulca.

Podías herirme pero yo ya no a ti. Colgué los guantes, no tiré la toalla porque no había a qué rendirse. Así pues seguimos caminado, yo explicando y contestando lo mejor que podía a tus preguntas de todo y nada, de verdad y de bien. La filosofía te deslumbraba, eras hoja en blanco, filosofabas con afán bárbaro sin conocer el sabor del jarabe que daban en la escuela; las lecturas de “los grandes filósofos” como Platón, Nietczhe y Bergson. Muchas de tus preguntas ya habían sido planteadas y contestadas por ellos y no hice más que transmitírtelas. Ahora después de romper la costra que tapaba mis ojos veía en ti la impetuosa potencia del querer. Y yo -ahora desinteresado- no podía regresar el tiempo para explotarla.

Tu belleza era implacable, no había manera de no sentirla. Eras verdaderamente fruto de la mano sabia de la naturaleza que ordena sin forma, ella mezcló en ti genes en forma sarcástica como burlándose del ingenio del hombre, mostrándole su superioridad, su caos ordenado ininteligible. Seguiste tu juego creyendo, tal vez, que mi adormecimiento era una más de mis estrategias para atraerte a mí ¿Quién te habrá engañado tantas veces?

La Invitación (Capítulo 3)

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Ardua batalla la que sostuvimos aquella última semana. El constante ir y venir de las casualidades que nos enmarcaban nos rebasó y nos revolcó a un encuentro que delineaba sólo a los dos. La cita fue a las ocho en el cine del centro, yo esperaba a la conglomeración de conocidos y apareciste tú sola de entre las calles de luz. La emoción y el nerviosismo que penetran el aire justo antes de librarse una batalla entraron como actores independientes de ambos, nosotros ya no nos dominábamos, estábamos a expensas de las mariposas que con su revoloteo mareaban nuestros estómagos. Sin embargo, tu defecto fue tu mejor arma, la capacidad que tenías de esconderte detrás del velo frío e invulnerable hacia mí. Yo no podía más, cualquier excusa era buena para acercarme a ti. Las pecas de tu espalda, a las que tu neciamente llamabas lunares, representaban puntos que deseba unir con mis caricias y tus hombros descubiertos invitaban a mis brazos a cubrirlos. Defraudando a la ingenuidad fui consciente de tu maquiavélico plan para hacerme ceder, me contuve entonces y proseguí a ser un mal actor convirtiéndome en payaso sin quererlo.

La trama de la película nos dio la oportunidad de liberar la presión tácita en la ansiedad de buscar un contacto, varias veces hicimos catarsis. Los momentos en que nuestras extensiones eran ordenadas a estorbarse fueron de plástico, todo pareció haber estado edificado para que se lograse, sin quererlo, como si hubiese sido un accidente inevitable provocado por el ambiente nervioso y agobiante que nos asfixiaba, no fue voluntario, fue necesario pero insufciente.

Al termino de la película estábamos presos ante el inminente acecho del tiempo. La despedida se acercaba y la balanza no daba ventaja a ninguno, el juego amenazaba con declararse empatado. Decidimos extendernos en el preludio del adiós, te acompañe hasta donde nuestros caminos se separaron esperando atestar el último golpe, el que me diera la ventaja para el día siguiente. Entre el coqueteo y la apatía dejamos que la noche nos apagara. La fatiga alcanzó nuestras intenciones y las deshizo, continuamos solamente con lo obligado para mantener nuestro status quo, asegurar lo que habíamos logrado hasta el momento: nada. Las ganancias cuadraban con las desventajas y terminamos tal como empezamos, más aún, habíamos logrado medirnos y esta noción sería valiosa para las batallas futuras.

Al hacer el recuento de los hechos, nos tocamos las heridas y sentimos nuestra debilidad por el desgaste. Así pues vino a nosotros una tregua para dar paso a la recuperación. La paz transitoria no significó bajar la guardia, simplemente no alimentar la ofensiva. Abrimos el paso al espionaje, tentábamos el terreno y nuestras capacidades para ver si podíamos aprovecharnos de nuestra habilidad de recuperación, siendo que si ésta era más rápida en alguno de los dos podríamos aventajarnos tomando al otro desprevenido.

El respiro oxigenó el más común de mis sentidos, dio un brinco centellante de la pasión a la razón. Faltaba poco para el silbatazo final. Tan sólo tres días para que, forzado por los compromisos, esta aventura terminara ¿Qué sentido tenía erosionar mi solidez si, aunque ganase, no iba a disponer del tiempo para disfrutar mi recompensa? ¿De qué serviría el constante jaloneo? Sólo de desgaste y decepción ganase o perdiese.

Con la idea de ceder a la apatía pasó un día más. Esto alimentó la voluntad de dejarte en paz, pues ya no valía la pena continuar ¿Para qué estoy luchando? ¿Qué es eso que quiero con tanto aínco? La concentración en hacer que cedieras opacó el motivo por la cual quería que lo hicieras. Concentrado en estrategias olvidé el fin que añoraba mi trabajo.

Con este sentimiento ya impreso en mi, contra mí, continué, terminé con la paz muda, no hay paz sin guerra. Ya no había necesidad de mantener mi distancia, no había peligro, estaba convencido, ahogado en mi resignación, no encontré justificación para mi antiguo estado. Sí, me gustabas, me encantabas, aún quería tenerte cerca, pero ¿de que serviría lanzarme con diente y uña a una pelea que no estabas dispuesta a omitir? Para ti ella era tan necesaria.

December 27, 2006

La Invitación (Capítulo 2)

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Después de verte por primera vez era insoportable mi autocontrol, no podía quedarme en la contemplación. No hubo razón alguna que me detuviera a saciar mi deseo egoísta más que tu escape. Si yo respondiera a mis impulsos no tendría que hacer más que alargar mi mano y estaría en tu piel de pétalos rociados. Aún así me contuve, te esperé, tenté el aire para encontrar la respuesta en el momento indicado, el momento donde la paciencia se podía transformar en otra. No quería espantarte, no quería que corrieras y te encerraras en suposiciones mal fundadas, en interpretaciones no deseadas por mi falta de tacto, dejando así que tu lejanía se llevara con ella toda esperanza.

Dos océanos negros aparecían en ventanas abiertas en cada momento que miraba tus ojos, el espectáculo de guiños y gestos tienen el repertorio más amplio interpretado por una orquesta excelsa en perfecta coordinación con los sentimientos, sin falsedades, sin máscaras absurdas de maquillaje, un rostro natural con mejillas rojizas y narices pecosas, con arrugas que escriben su historia, sonrisas y llantos. Otras veces se me dio la oportunidad de mirar otro espectáculo, una lucha de elementos maleables; cascadas de cabello rebelde y entrecruzado, ese que hace que te desesperes cuando es tan incisivo en tus labios y tus pestañas, de movimiento ondular que cierra la puerta al paisaje de tu cara creando un misterio irracional; como si creyera que algo de tu faz fuera a desaparecer o cambiar en el segundo que tu melena la oculta. No sé cual prefiero más, el uno que estorba como si tuviera voluntad propia, enmarañándose y acomodándose a la curvatura de tu cara, acentuándola, embelleciéndola; o el otro, tan franco, tan sincero y claro, sin vicios ni engaños, ahí, sin más, desvelado de rencores.

Envolvimiento de agua tranquila y tibia que viene a mí cuando tu aura llega a rozarme, ese sentimiento que calienta de adentro hacia afuera haciendo que los poros de la piel se abran y resalten, ni siquiera es el tacto, es sólo la cubierta tierna que lleva tu cuerpo. Eres el fruto prohibido que envuelve en él la metafísica de la cual temen todos los hombres que no han aprendido a volar.

Desde el principio supe que no debía acercarme a ti. No sabía el riesgo que correría si lo hiciera pero sabía que la distancia era la mejor defensa a ese peligro latente que emanaba de mi duda ante lo que eras para mí. Sin certeza de la existencia de peligro, basado únicamente en mi experiencia, mi mente se llenó de prejuicios que justificaran mi aislamiento. Utilicé caras falsas de fastidio al estar cerca, mis ojos huían de verte, seguía la refrigeración de mi mente sobre mi corazón para que este no despertara.

No pudiendo escapar a las garras del protocolo un conocido mutuo nos presentó en una fiesta. Aún no sé quien eres, no recuerdo tu nombre. Recuerdo que fue una presentación fría y superficial no paso de un “hola”. La fiesta siguió su curso y yo te observaba con tu belleza manufacturada, cómo una rosa que tiene pétalos de tela y tallo de mecate, tu apariencia era aprehendida por todos. Tu lo supiste, te encantó.

La distancia entre tu y yo se hizo más grande, tu actuación era perfecta para los ojos desinteresados, la gente que no te observaba, la gente que sólo te oía no captaba la tenue línea que separaba tu autenticidad de lo que aparentabas ser. El juego que jugabas cambiando mascarás era tu oficio. Su aprendizaje fue impuesto, no te diste cuenta de cómo se adentró en ti, un día lo hiciste sin pensar y te perteneció. Excelente actriz pero actriz al fin, encontré la perfecta excusa para acentuar mi comportamiento insular, me refugié en mi arrogancia y decidí que no valía la pena tomarme el tiempo para conocer a alguien tan hipócrita.

Pasaron los días, tu en tu mundo y yo en el mío los dos seguían un tiempo hiperbólico que nos acercaba y nos separaba sin hacer contacto. El chorro de semanas continuo su cauce y los días se llenaban de esperanza al ver que podría salir del espacio que compartíamos y llegar a tener la suficiente distancia para olvidarte, escondido en el recinto que tiene en sus muros mi esencia, fuera de este lugar que me invita a ser extraño, negándome al mostrarme fachadas extrañas, vestidos grotescos y cielos susceptibles. Extraño mi casa, mi música, mis ideas compartidas, el clima templado constante, las normas sociales predecibles y sistematizadas que conozco, las caras conocidas, el reconocimiento de los demás: mi identidad.

El movimiento de los fenómenos sociales y la invariable marea de masas terminaron por hacernos naufragar en la misma playa. Esa noche tu seguías con tu juego, querías envolverme en tu torbellino aprovechando la atracción con el que este te había dotado. Acepté el reto, debía, por mi propia arrogancia y orgullo, tratar de mantenerme lo más correoso a ese poder aspirante. Los demás iban a ti como insectos a la luz, yo mantenía mi distancia pero gozaba de tu resplandor mostrándome indiferente. Sin embargo, la realidad hundida en mi interior me exigía demostrar todo mi interés. La lucha era dura, pero finalmente logré controlarla y me dispuse a manejarme para contrarrestar tu jaloneo incesante con uno manufacturado por mí.

December 26, 2006

La Invitación (Capítulo 1)

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El tiempo te ha convertido en sueño, eres sólo un vago recuerdo en mi cabeza, es más, ni eso, eres tan sólo un impulso electrónico llevado a cabo por unas insignificantes células en mi cerebro, un impulso biológico explicable, simple, nada más. Encuentro placer en recibirlo, provoco que las células interactúen para que creen en mi mente tu imagen, esa imagen de ti caminando hacia mí sonriendo, ¡Qué imagen tan bella! La empiezo a extrañar sabes, ya no es tan nítida y definida como antes, comienza a desvanecerse, se desgasta. ¡Tontas células! ¡Se supone que son mis súbditas! Están ahí para cumplir mis caprichos, para crear o deshacer pensamientos, imágenes o cualquier cosa que se me ocurra, en el momento en el que se me dé la reverenda gana ¡Estúpidas! ¡Ineficientes! ¡Flojas! Me enerva la rabia que siento por su imperfección, su perfecta imperfección, la única que me consuela. No mueran, quédense un poco, tráiganme mi consuelo, tráiganme su rostro, su sonrisa, sus caderas, su voz. Su dulce voz.

Intangible, sin embargo, vagas en ideas abstractas que representan el olvido disgregado esperando a ser recordado. No quise verte durante un largo rato. No quise imaginar, estaba horrorizado con la probabilidad de poder tenerte atascada en mí. La vida llena de distracciones me dio el respiro que necesitaba, pláticas vacías agonizando en su intento por parecer trascendentales; la diversión comprada, la más vil, llenó mis espacios indiferentes; la dedicación se volvió en obsesión y la soledad y el ocio eran la oscuridad que me atrapaba y clamaba tu luz abrasadora. La infalible verdad con la que me enfrentaba me orilló a evitarle, a evitarte. La verdad me persigue -acsecha las huellas que dejo- tantas veces confirmada en vuelos pasados, horrenda y difícil de aceptar: te extraño.

Esta nota a mi consciente revolvió mis entrañas, hizo hervir mi sangre y apretó mi cerebro creando la más codiciosa de todas las migrañas; no le bastaba impulsar la catarata de jugo gástrico que salía de mi boca, hizo las caras sombras y las voces llantos. Hundido, temblando de frío y manchado de vómito, mi cabeza deja ya de palpitar, el reflejo en el baño se muestra pálido y maguyado, la luz entreabre mis ojos de murciélago saltados y ojerosos. Por primera vez la pestilencia deja florecer su hedor, la cara se hace nítida y el gemelo se lava, se seca y desaparece. Un bulto en calidad de capullo esta en la cama, oscuridad y silencio totales, el ambiente acostumbrado, tiempo ahora.

Finalmente el purgante de la realidad mostró su resultado, ceder a ti, a tu concepto en el limbo de mis sueños y esperanzas, no pude escapar a mi neurosis, fui presa de mi deseo escondido ,¡imagina yo el cazador y la presa! dualismo sin escape-, predecible por antiguo, nuevo por la sorpresa de su recurrente incitación a idealizar, su visita siempre inesperada trae un aire de cambio: un cambio ya explorado, conocido y sufrido, sin sentido alguno pero presente como el sol que pica y enrojece.

Al fin la neurosis desapareció con tu invitación a mi vida: la aceptación consciente de tu presencia, una invitación comprometida. La puerta esta abierta y el futuro toma su cualidad más extraordinaria y enigmática: la incertidumbre. Quisiera poder encontrar en lo empírico algún método, algo que me haga encallecer en la racionalidad de los hechos, una ley natural invariable por la comprobación observada de su repetición. Lo único que me deja la experiencia es tu olvido tantas veces recordado. No existe tal ley. Estoy abierto, nada me cubre, la vulnerabilidad fue escogida. Las condiciones hostiles del medio donde no estas tú son las visitas que se cuelan al banquete, la mesa esta puesta.

Las lágrimas pasadas se evaporaron en mis mejillas y regresaron a mis ojos para volver a ser lloradas, regresan con suspiros, los que las mantienen en sitio para que no sean nada. No sé dónde esconderme; a ti no te tengo, a mi no me encuentro, los demás… a ellos no los creo capaces de conocerme, no confío en sus miradas juezas y en sus muecas prestadas. Busco el consuelo del vientre de una madre, la libertad absoluta, el eterno sentimiento de comodidad en aparente soledad.

No es la primera vez que creo estar enamorado de alguien, ahora de ti, el ideal de la relación perfecta, del amor inagotable y todopoderoso. Las casualidades recibidas son transformadas en boyas que guían mi camino, como signos que justifican mi aventura en un mar impredecible. No es la primera vez que duele verte y no poderte tocar, seguirte con la mirada esperando encontrar la tuya y no encontrarla. No es la primera vez que hago lo imposible por tenerte cerca. Observarte caminar desde atrás e imaginar la redondez de tus caderas, oler tu cabello y acariciarlo con mi cara, asomar mi cabeza entre tu cuello y tu hombro para darte un beso en la mejilla; sentir el ambiente que creas a tu alrededor con esa seguridad que te dieron las victorias de relaciones mal terminadas; tu andar armonioso con una aire de dignidad que sopla desde tu pecho levantando tu barbilla; y la atracción inseparable que emana de estas formas en las que te llevas.

Como ves, no me queda nada más que recordar. Recordar lo que puedo hasta regresar al punto en donde sabía quién eras. Tengo fija en mi la necesidad de pertenecer, saber que no estoy flotando indeterminablemente en espacio de pensamientos. Necesito algo tangible que me haga sentir, que ponga un marco a mi alrededor para que mi movimiento sea identificable, te necesito a ti. La base donde encuentro mis raíces, suelo que me nutre y sostiene, pero no debe ser cualquier suelo, debe ser el tuyo pero… ¿Cómo saber que es el tuyo si ni siquiera sé quién eres? Debo esforzarme por recordar, recuerdo cuando aún no me lo decías, recuerdo lo que pensaba cuando te conocí…

January 29, 2006

Idea bella

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La idea se rompe con un ligero rose del vidrio roto que relucía en la esquina de la ventana. En un instante la realidad cayó como aguacero de plomo sobre su espalda. La mirada se enfocó y el iris hacía distinguir los colores, lentamente las formas eran rebautizadas con sus nombres originales. La vista le ganó la carrera al oído que sólo sirvió para ensordecer por los sonidos tan acostumbrados que parecían un zumbido gris y constante, penetrante, absurdo. La realidad se mezclaba con pasado y presente ahora pasado y un futuro que olía a putrefacción y prometía un cadáver. Todo resultaba tan inyectado de vacío, hueco, burbujas de aire conectadas por dejos de energía, resonantes en espacios minúsculos, permeables a cualquier cantidad de suposiciones, confusiones y aseveraciones eternamente incompletas. Estaba ahí.

Con la sola certeza de su existencia y de su futuro rígido, trató de olvidar lo que ya no era. Regresó con la memoria a un recuerdo transfigurado de su infancia, aquel eterno lugar al que acuden tantos en busca de la dicha y huyen otros tantos intentando olvidarse de demonios traumáticos de repercusiones indistinguibles en la adultez. El ir y venir de sonrisas y llantos inmersos en una inocencia fantasiosa estrujaron su corazón con caricias de falsa seguridad y apapachos desconocidos. Luego la salida del cascarón protector de los malos, la adolescencia condescendiente de la pubertad, la fatigosa carrera por encontrar un ganador entre el deber ser y el ser ya iniciada toma vuelo para dejarse caer como ave de rapiña sobre un cuerpo que apenas se reconoce. El eterno pasar de las horas, incesante, aquel mounstro inspirador y fatal que seduce a todos hasta llegar a la indiferencia de millones, la contundente resignación del pasar de los soles y las lunas nos mima en sus manos de crecimiento incontrolable.

¿Y ahora? ¿Y ahora qué? ¿Uno más? ¿Uno más para la resignación? La rebeldía ante la inmensidad es insípida, diluida en el pensamiento de muchos, la oleada que arrastra a tantos, la puta más virgen del planeta, el paraíso de sentirse diferente a los demás, único en la mar egoísta e indomable de almas despiadadas. Adiós las particularidades, hola a la suma, a la causa, la causa ganadora, la que te hará libre, que dejará que pases desapercibido por las expectativas que has cumplido, nadie esperaba menos o más, da igual siempre serán cumplidas e insatisfechas. Dentro de las limitantes de cada uno, de nuestros cuerpos, nuestro espíritu y nuestra mente, no encontramos salida para negar nuestra especie, los rasgos identificadores nos unen inevitablemente a padecer las enfermedades de los que se sumaron a la trascendencia. Somos uno dividido en miles de millones de partes para retornar siempre.

La rebeldía será juzgada por los que vendrán como estupidez, pérdida de tiempo, desaprovechamiento de un cauce que razonablemente nos conduciría al éxito tantas veces obtenido pos sus seguidores. Entonces qué: ¡La apatía! La amiga fiel de los pensadores irresueltos, los jamás publicados, los que no siguen a nadie, que jamás serán seguidos. Aquella prima hermana de la resignación exiliada de la familia de lo aceptable. Esa que nos reconforta con su cama de clavos, constantes puntas cosquilleando nuestros costados, obligándonos a recordar nuestras mínimas probabilidades de hacer el cambio, de ser el golpe preciso que derrumbará el muro, despilfarradora de deseos y aspiraciones consensuadas.

¿Qué nos arrojará más allá del ser, qué nos levantará de nuestro ente imperfecto y desdichadamente estrecho, tan estrecho que es inescapable. Tan estrecho que se expresa con palabras, con caricias que torpemente interrumpen la existencia de uno y otro con sensaciones y emociones que cesarán de sorprendernos algún día con su identidad, todas presentadas y representadas, saboreadas, lloradas, alagadas, sufridas, dolidas, enamoradas? Enamoradas.

El amor.

Su rareza, su particularidad, su importancia, su necesidad pero cruel insuficiencia, su sensación, las reacciones físicas, los latidos, los sonidos, la excitación, su irreverencia, la energía, su invitación a movernos, a rebelarnos. Los colores más opacos se vuelven brillantes, la piel se enchina y la suya también, sus ojos, su inexistencia se entreteje con las características precisas que sin duda encontrare al rato, mañana tal vez, en la alameda, en la calle al doblar la esquina, en cada una de las demás que atraviesen mi camino. Iré tras ella, saldré de mi, la encontraré, compartiremos momentos, infinitos lapsos de tiempo llenos de significado, llenaremos las burbujas vacías, daremos peso a nuestros pasos, seremos cómplices y prisioneros atemporales el uno en el otro, escalaremos muros y derrumbaremos montañas, atravesaremos los mares. Desafiaremos la certeza y retaremos el deceso con nuestras muertes chiquitas, el mundo será nuestro… Sí, qué idea tan bella.

Laberinto (1997)

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- Una antorcha ilumina el camino con su llama, camino húmedo y oscuro que se hace más largo mientras más vislumbro de él, se desenrolla ante mí como alfombra monárquica. A lo lejos se escucha el gotear del agua que escurre de las paredes y brinca de sus salientes. Tras la lumbre de una sigue la de otra, indicándome el lugar de mis pasos, una antorcha, dos antorchas, tres antorchas… …noventa y nueve antorchas, cien… he perdido la cuenta.

Mis ojos no encuentran manera de terminar con la fatiga monótona y constante, la desesperación se apodera de mí desde dentro. Entre antorcha y antorcha se viven las noches mas negras, los inviernos más perpetuos, luz y penumbra conjunta en periodos sistemáticos, asimétricos. Angustia cuando no veo otra luz delante de mí. Mis pasos rompen el silencio apuñalando al aire inamovible, las paredes se quejan con su eco. Mis ojos están cansados de ser enviados a rincones rebuscados para encontrar una salida y regresar sin respuesta. Un fracaso tras otro.

No puedo más, mi andar se acelera, mis piernas quieren acabarse el anden a zancadas gigantescas, comienzo a jadear, mis axilas y frente transpiran, mi calor contrasta con el frío escondido en las penumbras, aun así no he visto ni la estela de tus pasos ¡Alto! Un rayo de luz cruza delante de mí. ¿Sueño? Lo sigo hasta su origen, una puerta entreabierta lo hace brotar, me acerco con curiosidad a probar su existencia. Un gozo incontenible y alegría desbocan en mis ojos llenándolos de luz, luz viva, luz real, luz de día. Después del ardor, mis pupilas se enfocan, hay colores, un verde intenso y un arco iris de flores, aves y mariposas. El olor de la savia fresca de los árboles y arbustos me incitan a imaginar el sabor de sus frutos. Por fin.

Me adentro en esta selva aparente a descubrir su forma macabra, su orden maquiavélico. Hay una serie de pasillos y avenidas que se entrecruzan y me conducen a callejones sin salida. El piso se inclina, ahora escalo una colina que promete una vista fascinante. No me defrauda, desde ahí observo todo y todo me observa, puedo ver claramente los caminos inescrupulosos que circunscriben un paciente sauce llorón que espera ser alcanzado en el centro del laberinto.

En un instante pasas de largo frente a mí corriendo; te sigo con mis piernas adormiladas, doblas en la esquina y al darla ya no estás. Continuo con mi paso firme sin desistir, impulsado por la esperanza de volverte a ver. Lo único que guardo es el recuerdo de ti en mi memoria; aunque breve, eres hermosa y tu olor a almendra, jazmín, naranja y avellana frescos de otoños pasados no se ha despedido de mi olfato. Sostengo en mi imaginación el tiempo que se me escapaba bailando contigo, cuando me enamoré de ti.

Pasó no sé cuanto tiempo, la luz se opaca y el Sol se esconde, los pájaros se despiden del día cantando. Me recargó en la pared y me deslizo para quedar acurrucado con mis brazos abrazando mis piernas contra el pecho. ¿Dónde estarás? Al terminar de formular la pregunta apareces frente a mi con la mirada agitada y confundida, te ves perdida y preocupada, me miras como si no estuviese ahí, como si fuera transparente. Me levanto. Tus ojos se abren y prorrumpen en ellos lágrimas perdidas en falsas esperanzas. Sin titubeo corres hacia mí, me abrazas y susurras en mi oído –“¿Dónde has estado? Te estuve buscando.”

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